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Full text of "Contra viento y marea : comedia en tres actos y en verso"






¿£-- 



EL TEATRO. 



' 



DE OBRAS DRAMÁTICAS ¥ LÍRICAS. 



CONTRA VIENTO 



Y MAREA, 



COMEDIA 



EN TRES ACTOS Y EN VERSO, 



ORIGINAL DE 



MIGUEL EGHEGARAY. 



H 



MADRID. 

HIJOS DE A. GULLON, EDITORES. 
OFICINAS: POZAS— 2— 2 o 

4878. 



AUMENTO Á LA ADICIÓN DE 13 DE ABRIL DE 1878 



TÍTULOS. 



Actos. 



AUTORES. 



Plflp. qi 

correspt 



COMEDIAS Y DRAMAS. 



Amor en la ausencia. ........... 

Bodas trágicas; 

El amor y la sotana . . . .'. 

El hombre perro. 

El que i\l corazón no llama. ............ 

El sargento y el patán. . . ..... ....... 

El tio Anguilla . . . . 

El verdugo de sí mismo. . . .' 

Enmendar la plana á Dios.. 

Jugar con la misma carta 

La bruja Celestina. 

La flor del humbrío 

La más preciada riqueza. . . . . 

La perra de mi mujer. ....;......... 

Las dos bellezas. 

Los sustos. .*............ 

Llevar la corriente. 

Paz octaviana. ........ 

Peor que mi suegra.... ............. 

Sobre la marcha. 

Una chica alemana. • • 

Una mujer por dos horas. 

Una palabra empeñada. . .......... ¡ 

"Vaya un viaje... 

¡Al santo, al santo! 2 

Curarse de mal de suegra. 2 

Contra viento y marea. 3 

Cuenca por Alfonso VIII 3 

El Doctor Diósenes.. 3 



El ramo de flores .*. 3 

El yerno del señor Manzano. ......... 3 

Grandezas Humanas 3 

Las consecuencias.' 3 

La deshonra 5 



D. Ángel Rodríguez. • - . 
José Ethegaray.... . 
J. y Tomás de Asensi 
Joaquín G. de Lima.. 

Manuel Urbán 

Carlos Calvacho 

Antonio Rodríguez.. 
Ángel Rodríguez.... 

E. Z. y Cnballero... 
Tomás de Asensi. . . . 
Carlos. Calvacho..... 
Ángel Rodríguez.... 
Franc. Flores García. 
J. Jackson Veyan... 

. Leopoldo Parejo. ... 
Antonio Rodríguez. . 

F. Flores García 

Manuel Nogueras.... 
Eduardo Navarro.... 
Pelayo del Castillo... 
E. de S. Fuentes.... 
Joaquín G. de Lima. 

M. Raquero.,. 

Pascual Cuelíar. .... 
M. Ediegaray. ..... 

M. Vallejo. 

M. Echegaray...;... 

Sres. Borlado y Lumbre. 
José Zorrilla -y Luis 

Pacheco 

P. y Moreno Godino. 

■ E. Carbou y Ferrer 

y J. M. y Santiago 

J. A. Cavestany 

D. Joaquín G. de Lima. 
Manuel Nogueras . . . 



Todo 
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Mitad. 

Todo. 
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CONTRA VIENTO Y MAREA, 



COMED! A. 



EN TRES ACTOS Y EN VERSO, 



ORIGINAL DE 



MIGUEL ECHEGARAY. 



Pfelrenada en el Teatro de ia COMEDIA la noche del 9 de Octubre 
de 1878. 



MADRID. 

IMPRENTA DE JOSÉ RODRÍGUEZ . -- CALVARIO, 18. 

4878. 



PERSONAJES, 



ACTORES 



LUCÍA.. Sras. Tubau. 

ANA Mendoza. 

CANDELARIA Valverde. 

JUANA Galindez. 

RAFAEL Sres. Mario. 

ENRIQUE Agüirre. 

ANTONIO Jover. 



Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, sin su per- 
miso, reimprimirla ni representarla en España y sus posesione» de 
Ultramar, ni en los países con los cuales haya celebrados ó se cele- 
bren en adelante tratados internacionales de propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho de traducción. 

Los comisionados de la Galeria Lírico Dramática, titulada el 
Teatro, de los HIJOS de A. GULLON, son los exclusivamente 
encargados de conceder ó negar el permiso de representación, y 
del cobro de Sos derechos de propiedad 

jueda hecho el depósito que marca la ley. 



ACTO PRIMERO, 



Habitación amueblada con elegancia: puertas laterales y en 
el fondo. 



ESCENA PRIMERA. 

JUANA, ANTONIO. 
Limpiando la habitación. 

Ant. Juanilla, no limpies más. 

JUANA. (Dejando de limpiar.) 

Qué es lo que quieres? 
Ant. Ay! Juana! 

¿Sabes qué pienso? 
Juana. Tú piensas! 

Dios mió! Quién lo pensara! 
Ant. Yo pienso... 
Juana. Que te den uno, 

que pienso que te hace falta. 
Ant. Yo pienso cuando te veo 

en unas cosas muy malas, 

pues más garrida que tú 

más garridota no se halla. 
Juana. Bien; qué piensas? Dilo claro! 

Abre esa boca y acaba, 

dilo todo de una vez, 



R11 1 /IQ 



... 6 — 

porque por puerta tan ancha 
de una vez puede salir 
cuanto haya dentro de casa. 

Ant. Ay! Juana, si las mujeres 
no fuesen unas bigardas: 
si de cada veinticinco 
no salieran treinta malas: 
si no nacieran coquetas 
y presumidas y falsas: 
si entre todas las mujeres 
no fueras una de tantas: 
si no fuese el matrimonio 
barbaridad que me pasma: 
si yo te gustase un poco, 
si tú no salieras cara, 
y como tú fueses buena 
y si yo tuviera ganas, 
tal vez, puede ser que un dia 
yo contigo me casara. 

Juana. Conmigo! Quién? Un gallego 
y una moza de mi estampa! 
Eso pasa en las comedias, 
pero en el mundo, ¡ya baja! 
¿Tú no sabes quién soy yo? 

Ant. Una reina disfrazada? 

Jua\a. Yo soy una madrileña, 
yo soy hija de la maja : 
yo soy de los barrios bajos 
la mujer de rompe y rasga; 
yo soy de las Maravillas 
la maravilla más alta, 
en las Vistillas no han visto 
moza de mejor estampa, 
y nací en el Avapiés, 
barrio donde no se lavan. 

Ant. No, pues tocante á lavarse 
tampoco en Gtlicia gastan 
mucho jabón. 

Juana. Muy bien heclio, 

que con jabón se resbala. 

Ant. En fin, ya veo... 

Juana. Que debes 



-;/r~ 

renunciar. 
Ant. Sí, renunciara 

si lo hubiera pretendido, 

mas nunca quise, y es lástima, 

que más garrida que tú, 

más garridota no se halla. 
Juana. Aquí vienen las señoras. 
Ant. Aquí concluyó la plática. 
Juana. Hacia el gabinete voy. 
Ant. Y yo á terminar la sala. 

(Sale Antonio por el fondo y Juana por la iz- 
quierda del espectador.) 

ESCENA II. 

LUCÍA, ANA, derecha dal espectador. 

Ana. Ya está el cuarto de Rafael. 
Lucia. Cuántos cuidados, muchacha! 
Ana. Yo misma, en el piso bajo, 

en la habitación más clara, 

un alojamiento digno 

le dispuse esta mañana. 

El blanco piso de mármol 

ordené que se lavara 

y quedó tan trasparente 

en fuerza de frotes y agua, 

que, cual si fuese cristal, 

en él el pie se resbala, 

y en él, cual si espejo fuera, 

una se mira la cara. 

De la habitación enmedio 

se eleva cama dorada 

con delicados perfiles 

y con flores que la esmaltan 

y sus colores y esmaltes 

oculta en cortinas blancas, 

pero al verse tan bonita, 

coqueta, que al fin es cama, 

entreabriendo las cortinas 

se mira disimulada 

del armario en la ancha luna 

que sus primores retrata. 



— 8 — 

. Del techo se balancea 
de alabastro rica lámpara, 
y por ver cuarto tan lindo 
del jardín por la ventana 
se meten de los almendros 
las ramas desvergonzadas, 
y llenan, cuando las mueven 
las aves que en ellas cantan, 
el espacio de perfumes 
y el suelo de flores blancas. 

Lucia. Dios mió! Quien te escuchase 
que preparaste pensara 
no habitación para un huésped, 
sino una nupcial estancia 

Ana. Hermana mía, ¿eso es riña? 

Lucia. Tanto interés no me agrada. 

Ana. Si me atreviese, Lucía... 

Lucia. ¿Por qué no te atreves, Ana? 

Ana. Eres casi de mi edad, 

y aunque á veces das confianza, 
otras me inspiras respeto, 
porque como estás casada... 
Estar casada, ya ves, 
eso es cosa de importancia. 
Ay! qué bueno debe ser 
tener un marido! 

Lucia. Calla! 

Ana. Lucía... yo quiero á ese hombre 

Lucia. Le quieres? (Disgustada.) 

Ana. Lo sospechabas? 

Lucia. Lo presentía. El amor 

cuando no cabe en el alma 
se nos sale por los ojos 
y nos enciende la cara. 

Ana. Mas tú lo sientes? 

Lucia. Fues claro. 

Él no es digno. 

Ana. Vaya, vaya, 

no le ofendas. Le tuviste 
siempre una manía, hermana! 

Lucia. No lo niego. 

Ana. Qué maníaí 



— 9 - 

Lucia. Una manía fundada. 

Tan ligero de cabeza! 
Ana. Y de pies. Ay! romo baila! 
Lucia. Qué ha de bailar. 
Asa. Ya lo creo: 

si vieras, coo mucha gracia! 

Eso no lo niega nadie. 

Pues y cantar? 
Lucia. También canta! 

Ana. Y con gracia, sí señor. 
Lucia. Jesucristo, vaya en gracia. 
Ana. Y monla á caballo. 
Lucia. Digo! 

Ana. Con gracia, y toca la flauta 

también con mucho primor, 

y patina. 
Lucia. Y se resbala 

y se rompe la cabeza 

con gracia? 
Ana. Vaya una gracia! 

Y se tira del bigote 

¡con qué gracia! 
Lucia. . Dios me valga! 

Hija, no es poco gracioso 

el hombre! 
Ana. Tiene una cara 

tan expresiva! 
Lucia. Tenía, 

hija, que los años pasan. 
Ana. Y ademas tiene dos ojos!... 
Lucia. Dos ojos? Lo sospechaba. 

Pero hermana, tú que sabes. 

Hace dos años que falta 

de Madrid y no le has visto. 

Puede que ya tenga canas. 
Ana. Con treinta años! 
Lucia. Treinta y cinco. 

Ana. Es verdad, y dos semanas 

y un dia y tres horas. 
Lucia. Digo, 

no estás tú poco enterada. 
Ana. De la edad de tu marido. 



10 — 



Lucia. 


Reñiremos. 


Ana. 


Por qué causa? 


Lucia. 


Debieras marcharte á Cádiz 




á ver á tu abuela. 


Ana. 


Vaya! 




Pero por qué? Qué manía 




le tienes. 


Lucia. 


Si viene á casa 




no es por mi gusto. Es que Enrique 




so empeñó; pero me asaltan 




mil temores. Es un loco, 




es un fatuo, un tarambana! 




Oyes! 


Ana. 


Pues á mí me gusta. 




Su figura... 


Lucia. 


No era mala. 




Agregado diplomático 




y rico, la vida pasa 




en aventuras y escándalos 




y en duelos, y le traslada 




el gobierno á cada paso 




de embajada en embajada. 




Sabes! 


Ana 


Pues á mí me gusta. 


Lucia 


No hay solteras ni casadas 




que respete. Él nada teme, 




nada considera, nada. 




¿Estas? 


Ana. 


Pues á mi me gusta. 


Lucia . 


Que demonio de muchacha! 




¿por qué te gusta, por qué? 




¿No oyes lo que digo? 


Ana. 


Anda, 




anda, pues si lo que dices 




es lo que me hace más gracia. 


Lucia. 


Se la puso en la cabeza! 


Ana. 


Te equivocas, en el alma! 




Le tienes una manía! 


Lucia. 


Una mania fundada, 


Ana. 


Pero di, ¿por qué le odias? 


Lucia. 


Pero di, ¿por qué le amas? 



-■ 11 - 

ESCENA III. 

DICHAS, CANDELARIA por el ft.ro. 

Cand. Por aquí me tenéis ya, 

queridas vecinas mias. 
Lucia. Candelaria, buenos dias. 
Cand. Buenos dias, ¿cómo os va? 

He querido entrar aquí 

un instante, voy á misa. 
Lucia. Siéntate. 

Cand Tengo una prisa! 

Lucia. Vendrás á almorzar? 
Cand. Sí, sí. 

(Se sientan Ana, Lucía y Candelaria, ¡>or ette 
orden.) 

Muchas gracias, tanto honor. 
"Vino el huésped? 
Asa. (Muy animada.) Le esperamos. 

Vendrá, vendrá pronto. 
Cand. (Vamos. 

á esta le gusta el señor.) 
Lucia. Enrique le dijo: ven, 

y como es su gusto el mió. 
Cand. Es tan buen chico! (con entnsiasmo.) 
Ama. (Ay! Dios mío! 

Á esta le gusta también!) 
Lucia. Tú eres viuda, estás lozana. 
Á ver si os gustáis los dos. 
Qué proporción! 
Cand. No por Dios! 

Ana. (Que cosas tiene mi hermana!) 
Cand Es la viudez muy hermosa. 
He sufrido tanto y tanto! 
Casarme con él! Dios santo! 
(No vengo por otra cosa.) 
Yo no tengo ya pasiones 
y en vano me han perseguido. 
;;. Ah! no creas, he tenido 

ya treinta y dos proporciones» 
Y no exóticas figuras 



- Í2 - 

y no viejos carcamales, 
caballeros principales 
que han hecho por mí locuras. 
Si uno joven, otro más: 
treinta y dos. 

Lucia. (Riendo.) Jesús María! 

Pues el último estaría 
mamando. 

Casd. Pues ahí verás. 

La ocasión por los cabellos; 
mas yo pasar la dejé. 

Lucia. No te casaste? 

Cand No á fe. 

(Porque no quisieron ellos.) 
Nada hay peor que un marido. 
Ganas el nombre de esposa; 
mas es misión peligrosa 
el guardar un apellido 
Te hace vivir en un potro 
uu pensamiento molesto: 
si se manchará con esto, 
si se manchará con lo otro. 
Yo no, no di más de un chasco 
á cien Tenorios bribones, 
pues yo para las pasiones , 
Lucía, fui un peñasco. 
No es posible el abordaje 
con mi esfuerzo sin segundo, 
yo, lo sabe todo el mundo, 
soy una virtud salvaje. 
Pero no todas lo son, 
las circunstancias incitan 
y á veces nos precipitan... 
Ahí tienes á la Ascensión; 
su esposo no la quería, 
desventurada mujer! 
por él llegó á conocer 
un chico de artillería. 
Un día de atroz memoria 
la halló sola... triste encuentro. 

LUCIA. (interrumpiendo á Candelaria.) 

Anita: te llaman dentro. 



- 43 - 

ANA. (Levantándose) 

(No quiere que oiga la historia.) 

(Sale por la derecha.) 

ESCENA IV. 

LUCÍA, CANDELARIA. 

Lucia. No nos deben escuchar 

las muchachas. 
Camd. á qué viene 

tal rigor? Pues esto tiene 

algo de particular? 
Lucia. No, mujer, qué ha de teuer? 
Cand. Desventurada muchacha! 

La vino una mala racha! 

Se ha separado anteayer. 

Ah! con qué dolor contemplo 

dos esposos separarse, 

mas él no puede quejarse 

porque él ha dado el ejemplo. 

Él la trataba de un modo! 

él sin piedad la ofendió. 

Lucía, no somos, no, 

nunca culpables del todo. 

Ludias con el hado impío; 

sin querer te precipitas. 

Las circunstancias malditas... 
Lucia. No, Candelaria. (Vivamente.) 
Cand. Dios mió! 

Siempre la misma reyerta 

entre las dos. Qué manía! 
Lucia. Sostienes una teoría 

que no es cierta. 
Caisd. Que no es cierta! 

Lucia. Y el libre albedrío? 
Cand. Oh! 

las circunstancias te inclinan. . 
Lucia. Ni las hay, ni nos dominan. 
Cand. Que no hay circunstancias? 

LUCIA. (Con firmeza.) No. 

Cand. Y se atreve á contrariar 

tal verdad? Esto me exalta! 



^ucia. Toda la mujer que falta 

es porque quiere faltar. 

Gand. Pero si á veces sucede 

que más de una sin querer,.. 
Lucia. Querer es poder. 
Gand. Mujer, 

hay quien quiere y quien no puede. 
Lucia. (con mucho calor.) Ese es un falso supuesto. 
Falta quien la ley elude, 

y el afirmar que no pude... 

Es muy cómodo pretexto. 

La mujer que sabe amar, 

sin esfuerzo extraordinario, 

de su hogar hace un santuario 

y de su amor un altar. 

De la pasión purgatorios 

no traerán su alma turbada, 
,que ante una conciencia honrada 

pueden poco los Tenorios. 

Su corazón altanero 

será según quien la quiera: 

para su esposo de cera, 

para los demás de acero. 

Si una pretextos buscó 

porque anhelaba fritar, 

¿cómo después no ha de hallar 

excusas porque faltó? 

No ser buena y parecerlo 

es muy difícil empresa, 

y es carga que menos pesa 

parecer buena por serlo. 

La que quiere y teme en Dios 

sabe cumplir su deber, 

y si de uno juró ser 

no será nunca de dos! 
Gand. Jesús! qué desaliñar! 

Qué mujer! Cómo disputa! 

Esa teoría absoluta 

no se puede sustentar. 

Mira que hay pedios sencillos, 

mira que hay lenguas muy ágiles, 
mira que las hay muy frágiles, 



— 46 — 

mira que los hay muy pillos. 

¿No era sencilla Camila? 

¿No era Jacinta ejemplar? 

Y aquí bien puedo yo hablar. 

Mi conciencia está tranquila. 

Yo, que no cometí yerro, 

yo, que á nadie he dado oido, 

yo, que guardé á mi marido 

la fidelidad de un perro. 
Lucia. Pues que imiten tu firmeza 

y que cumplan sus deberes. 
Cand. Mas si todas las mujeres 

no tienen mi fortaleza. 
Lucía. Todas la pueden tener. 
Cand. Mira que hay cada tunante... 
Lucia. Que recuerden y es bastante 

el deber, siempre el deber! 

Cuando los hombres se atreven 

salva el deber en las luchas. 
Cand. Por eso se pierden muchas, 

Lucía, por lo que deben. 

Tu conducta me enamora, 

es ejemplar, hija mia, 

mas Dios te libre, Lucía 

del alma, de un cuarto de hora. 

Un cuarto de hora es bastante 
si alguno te inspira amor. 
Lucia. No hay cuartos de hora. 
Cand. Qué horror! 

Ana. ¿Se puede entrar? (Desde la pu^na.) 
Lucia. Adelante. 

ESCENA V. 

DICHAS, ana. 

Cand. Entra, sí, con un aplomo 
que estupefacta me tiene, 
tu pobre hermana sostiene 
que no hay cuartos de hora. 

ANA. (Sentándose.) ¿Cómo'? 

Cand. Como lo oyes. Qué mujer! 

Los hay, digas lo que quieras. 



- 16 — 

Ana. Si los hay, y horas enteras. 
Cand. Vaya, no los ha de haber, 

y circunstancias fatales, 

y el hado que nos domina... 

Ahí tienes á la Fermina; 

¿habrá dos casos iguales? 

No quiso ella sucumbir 

Esto no se me contesta 

LlICIA. (Bajo y contrariada,) 

No digas delante de esta... 
Cand. (Bajo.) (No, mujer, qué he de decir. 

(Alto.) No quiso, lo quiso el hado; 

él, su marido, Gabriel 

la ha precipitado, él. 
Lucia. Candelaria! (interrumpiéndola.) 
Cand. Está probado. 

Enfermó del corazón. 
é La aconsejaron viajar. 

No la quiso acompañar- 
Lucia. Bien, bien. (Atajándola. 1 
Cand. Bajó á la estacioD. 

Sola que viajar tenía, 

sola en el departamento 

se halló con Andrés Sarmiento, 

el hombre que la quería! 

Ni ella mala, ni él villano. 

obras del demonio soih 

Á la primera estación, 

claro, la cogió una mano. 
Lucia. Bien, Candelaria, por Dios! 

Sólo en un caso se funda 

tu teoría. 
Cand. Á la segunda, 

claro, la cogió las dos. 
Lucia. (Delante de esta criatura!) 
Ana. Ay! qué historia! 
Cand. Verdadera. 

Ana. Y bonita. 
Cand. Á la tercera 

quiso estrechar su cintura. 

¿Luego por qué nos infaman? 

Á la cuarta... 



— 17 — 

Lúa*. Sí... ya estoy... 

Anita... te llaman, (vivamente.) 

ANA. (Levantándose.) Voy. 

¡Dios mió! cuánto me llaman! 

(Sale por la derecha.) 

ESCENA VI. 

LUCÍA, CANDELARIA. 

Cand. Lucía, así sucedió. 
Á la cuarta... 

Lucia. (Con firmeza.) Pues te digo 
que á la primera conmigo 
ó baja él ó bajo yo. 

Cand. Como él se hiciese querer. 

Lucia. Yo sabría resistir. 

Cand. Como él supiera pedir... 

Lucia. No llegaría á vencer. 

Cand. Que bay dudas no se te esconde. 

Lucia. No dudaría jamás. 

Cand. Arrogante, moro, estás! 
como dicen no sé dónde. 
Nunca sabremos quién lleva 
la razón entre las dos, 
pero en fin, pídele á Dios 
que nunca te ponga á prueba. 
Hay hombres que nos atraen: 
con ellos peligros corres: 
se tuercen las altas torres, 
los altos pinos se caen, 
y si los hay tan ladinos 
y ofrecen locos placeres, 
¿qué han de hacer tantas mujeres 
que no son torres ni pinos? 
¿Te acuerdas de Encamación, 
tan alegre, tan gordita, 
aquella mujer bendita 
sin pizca de corazón? 
Mírala flaca entre flacas 
desde el palco contemplarle, 
que algún dia por mirarle 

2 



— 18 — 

caerá sobre las butacas! 

¿Y aquel corazón sencillo 

que en un ángel se encerraba, 

y Pura que se alababa 

de ser casi un marmolillo? 

Deseando verle pasar 

hoy el balcón es su puesto. 

Va á dejar caer un tiesto 

y le va á descalabrar! 

¿Y la Rita y Caslelló? 

¿Y Clara y don Inocente? 

Esto lo dice la gente, 

que no es que lo invento yo. 

Ah! no vayas á creer... 

Luego aseguran y es mengua 

que yo tengo mala lengua. 
Lucia. No, mujer, qué has de tener. 
Cand.* Pues y Ruperta y José? 

¿Pues y Jacinta y Gaspar? 

¿Pues y Juan?... 
Ana. (Desde la puerta.) ¿Se puede entrar? 
Lucia. Hija mía, no lo sé. 

ESCENA VIL 

DICHAS, ANA. 

Ar»A. Pero voy á estar aquí? 
Cand. Hija, no, puedes entrar 

porque me voy á marchar. 

(Se levantan. ) 

Lucia. Vendrás á almorzar? 
Cand. Sí, sí. 

Ya os estaba fatigando. 
Lucia. Tú no eres nunca molesta. 
Cand. (Por Lucía.) Si es que escuchándola á eslí 

se pasa el tiempo volando. 
Ana. El huésped pronto vendrá. 
' and. (Dios mió! Si le pescase! 

Si esta muchacha enfease!) 
Lucia Tú, Anita, acompáñala. 
Cand, Cou'jue abur, hasta después. 



— 49 *~ 

Lucia. Hasta luego. Adiós. 
Canil Adiós. 

(Señor, perdí treinta y dos! 

Señor, dame el treinta y tres!) 

(Salen por el fondo Ana y Candelaria.) 

ESCENA Vin. 

LUCÍA . 
Permanece momentos pensativa. 

La una bien pronto será 
y en siéndolo estará aquí... 
Rafael viene... ¡viene, sí! 
Dios mió!... ¿porqué vendrá? 

ESCENA IX. 

LUCÍA, JUANA, por la izquierda. 

Juana. Ya lie concluido el cuarto aquel. 

Qué limpio! Tiene un aroma! 
Lucia. El cuarto para quién? 
Juana. Toma, 

pues para don ftafael. 
Lucia. Tienes razón; le olvidé. 
Juana. Lo arreglé con un esmero! 

Yo al señorito le quiero, 

porque es tan guapo! 
Lucia. Fué, fué! 

Es un hombre ya formal 

y dicen que está cambiado 

y que eD Londres ha engordado. 
Juana. Aún así no estará mal, 

no señora, ni por esas. 

Pero él engordar? Qué escucho! 
Lucia. Sí, hija, sí, s? engorda mucho 

con las patatas inglesas 

y aquella cerveza fuerte! 
Juana. Qué don Rafael, señora! 
Lucia (También á esla la enamora,, 



— 21) — 



Juana. 
Lucia. 
Juana. 
Lucia. 
Juana. 
Lucia. 
Juana. 
Lucia. 

Juana. 
Lucia. 
Juana. 
Lucia- 
Juana, 

Lucia. 

Juana. 

Lucia. 

Juana. 



Lucia. 
Juana. 



Lucia. 
Juana. 



pues no tiene poca suerteí) 
No le hizo más bueno Dios. 
Vamos, bueno, calla, loca. 
Tiene una boca, una boca! 
Ya sé, que parecen dos. 
Anda, qué ha de parecer. 
Quieres que también le alabe? 
Si un garbanzo no le cabe. 
Hija, no le ha de caber. 
Ya es viejo, ya tendrá canas. 
Sólo al verle salto y brinco. 
Debe tener treinta y cinco. 
Es verdad, y dos semanas. 
Hola! 

Cabales, y un dia 
y dos horas justamente. 
(Pues también esta al corriente; 
lleva la cronología.) 
Qué mano y qué solitario 
en ella: le he visto yo. 
Sí? (Pues también le pasó 
revista de comisario.) 
Dichoso don Rafael! 
Por si viene estaré alerta. 
Vamos, á que usted no acierta 
lo que yo haría con él? 
Francamente, no lo acierto. 
De cabo lo vestiría 
y á bailar lo llevaría 
hoy ala Virgen del Puerto. 
Buen tinto ó buen pajarete, 
él al lado y un buen sol 
y un baile muy español. 
No quiero más! 
(irritada.) Vete, vete! 

Ya me voy... (Cosa más rara! 
Á todos nos enamora. 
Aquí sólo la señora 
tiene para él mala cara.) 

(Salo por el fondo.) 



— áí - 

ESCENA XI. 

LUCIA, ENRIQUE, per la izquierda. 

Lucia. Están todos trastornados. 
El contento les rebosa. 

Enr. (Ensuñándola an periódico.) 

Mira aquí, querida esposa, 

¡qué versos tan delicados! 
Lucia. Versos? Qué es ese papel? 
Enr. Es esta La Ruslracion. 
Lucia. Y de quién los versos son? 
Enr. Pues toma, de Rafael. (Muy satisfecho.) 
Lucia. (De Rafael!) (contrariada.) 
Enr. Si él no es lelo, 

ni imita á tantos gandules. 

Mira. «Á unos ojos azules, 

ojos de color de cielo.» 
Lucia. ¡Bien, bueno, basta! (Bruscamente.) 
Enr. Qué modos! 

De tus maneras desdicen! 
Lucí*. Ya sabemos lo que dicen (De mal humor.) 

todos los poetas, todos. 
Enr. Esto está muy bien. 
Lucia. Sí, sí. 

Enr. Léemelos tú misma. (Ledaei periódico.) 
Lucia. Yo... 

Enr. Vamos, ya te oigo. 
Lucia. Que no. 

Enr. Sé amable... Principia... Ahí. 

LUCIA. (Leyendo turbada.) 

«Ojos de azulado velo, 
»que al cielo causan enojos 
»al retratarle en el suelo, 
«entre un cielo y otro eielo 
»yo prefiero el de tus ojos. 
«Ojos donde el sol anida, 
«que al mirarlos con anhelo 
«al cielo mismo se olvida, 
»cómo mirando i ese cielo 
»es un infierno mi vida? 



— 22 — 

»A.l verte ciego mo vi: 

»de la noche negros mantos 

wsobre mis ojos sentí: 

«dame un rayo para mí 

»ya que en los tuyos hay tantos. 

»Ojos de mirar profundo, 

»ojos que hizo el mismo Dios, 

»artífice sin segundo, 

«mujer, por Dios, ciérralos 

»ó se va á ac*tbar el mundo! 

»Ojos de azulado velo, 

»en ellos mi muerte vi, 

»y aunque morir es mi anhelo 

»yo no quiero ya ir al cielo, 

«porque ya le he visto en tí.» 
Enr. Tienen mucho sentimiento. 
Lucia. No están mal. 
Enr. (Entusiasmado.) Están muy bien. 

No los trates con desden. 

Nadie niega su talento 

y tiene un gran corazón, 

y luego tan oportuno. 

Le quiero porque es más tuno! (Riendo.) 
Lucia. Pues me gusta la razón. 
Enr- El don de gentes tenía. 

Señor; que cosas hicimos! 

Señor; que perdidos fuimos! 

y él lo será todavía. 

Con él mil riesgos corrí 

y de aventuras en pos 

fuimos. 
Lucia. Pero, hombre, por Dios! 

¡No me lo cuentes á mí! 

Pudor á lo menos ten. 

De tal cosa no te alabes. 
Enr. Y que importa? Pues no sabes 

que soy un hombre de bien? 

¿Que la mar embravecida 

de las pasiones dejando. 

reposo y paz anhelando, 

á tí consagré mi vida? 

¿Que del piélago traidor 



— 25 - 

cansado y del rumbo incierto 

de tu cariño en el puerto 

eché el ancla de mi amor? 

Ves? Ya poético estoy! 

Le imito, aunque no es sencillo. 

Le quiero, porque es más pillo! (Riendo. 
Lucia. (Ah! que desgraciada soy!) 
Enr. Él nunca hace, que es tontuna, 

cosas en balde; yo juro 

que esos versos... es seguro... 

los escribió para alguna. 
Lucia. Quizás tenga razón. 
Enr. Sí. 

Él en balde no hace nada. 

De fijo es una casada. 

No, porque él las gasta así. 

Buenas mañas! Yo le entiendo. 

Marchará con un sigilo... 

y el marido tan tranquilo 

puede que se esté riendo. 

(Se rie á carcajadas.) 

Esto me divierte á mí! 
Habrá muy linces algunos, 
mas los maridos son unos 
papanatas. 
Lucia. Creo que sí. 

ESCENA XII. 

DICHOS, ANA por el foro. 



Ana. 


(Con un periódico.) 




¿Qué bonito, qué bonito! 


Enr. 


Qué es eso, muchacha? 


Ana. 


Un wat? 


Enr. 


Hola, La moda elegante. 


Ana. 


¡Qué bonito, que compás, 




qué gracia, qué buen estilo, 




qué gusto, qué novedad! 


Enr. 


Digo! 


Ana. 


Le he tocado al piano. 


Lucia. 


De quién es, de Metra? 



- 24 



Ana. 


(Muy satisfecha.) Quiá! 




De Rafael. 


Lucia. 


(Irritada.) (Ay! dichoso 




Rafael! No acabarán!) 


Enh. 


También música. Qué estuche! 


Ana. 


Escuchadme. 


Lucia. 


Quita allá! 


Ana. 


Do, re, mi, fa, SOl, la, SÍ. (Cantando.) 


Enr. 


Bravo, no principia mal. 


Ana. 


Es esta la introducción. 




Ya verás tú, ya verás. 




Si, la, sol, fa, mi, re, do. 


Lucia. 


Nos vas á tararear 




todo ese vals? Qué mareo! 


Enr. 


Pobre chica. Déjala. 


Ana. 


(Tarareando.) Do, re, mi, fa, SOl, la, SÍ 


Lucia. 


Precioso! Qué novedad! 


Ana. 


Si, la, sol, fa, mi, re, do. 


Lucia. 


Ana, te quieres callar? 




Estoy mala, estoy nerviosa. 




Tengo la cabeza mal. 


Ana. 


Perdóname... no sabía... 


Lucia. 


Qué falta de caridad! 




¡No quiero cantos, ni músicas, 




no quiero! 


Ana. 


No insisto ya. 


Lucia. 


(Paseándose y tarareando distraída.) 




Do, re, mi, fa, sol, la, si. 


Ana. 


Toma, si empieza á cantar. 


Lucia. 


Yo no cauto. Quién lia dicho?... 


Enr. 


Jesús que enfadada está. 




Si, la, sol, fa, mi, re, do. 


Ana. 


Tú también! 


Enr. 


Qué atrocidad! 




Si es que nos trastorna á todos 




en casa ese perillán. 


Ana. 


Do, re, mi, fa, sol, la, si. 


Lucia. 


Yo no los puedo aguantar! 


Enr. 


Si, la sol, fa, mi, re, do. 


Lucia. 


Ay! esto parece ya 




una academia de música! 


Enr 


Qué mal humorada estás! 



ESCENA XIII. 

DICHOS, ANTONIO, por el fondo. 



Ant. 


Ahí le tenemos! Ya viene! 




Ahora acaba de bajar 




del coche! Sube en seguida! 


Enr. 


Rafael? 


Ant. 


El mismo! (Loco de alegría.) 


Ana. 


Ah! 


Ant. 


ApeDas bajó del coche 




corrimos lodos allá 




y á todos algo nos dio, 




porque es él muy liberal. 




Al cochero un puntapié. 


Enr. 


Buena liberalidad. 


Ant. 


Á mi un duro, á la Juanilla 




un abrazo. 


Ana. 


Cómo! 


Ant. 


Bah! 




Es su costumbre de siempre. 




No se contuvo jamás. 




Él abraza á todo el mundo, 




no lo puede remediar. 


Lucia. 


Pues es muy mala costumbre. 


Enr. 


Qué tunante! 


Ana. 


Eso está mal. 


Ant. 


Eso según y conforme 




á quien se abraza. 


Enr. 


Verdad. 


Ant. 


Yo le conozco muy bien, 




pues le he servido años ya, 




y cuando los dos vivíamos 




en la calle de Alcalá, 




él siempre tenía algo 


( 


entre los brazos. 


Enr. 


Qué tal? 


Ant. 


Es su manía, es costumbre, 




no lo puede remediar. 




Ya oigo ruido, ya oigo pasos, 




ya le tenemos acá! 



— 26 — 
ESCENA XIV. 

DICHOS, RAFAEL, por el fondo . 

Rafael. Enrique del alma mia! 
Enr. Rafaelillo, ven acá! 

(Se abrazan con entusiasmo.) 

Ant. Un abrazo! Es su costumbre. 
Rafael. Anita, cómo la va? 

¡Qué graciosa, qué bonita! 

Esa cara es un rosal. (Saludando.) 
Ana. Muchas gracias. (Qué discreto!) 
Ant (Me la va á encalibranar!) 

RAFAEL. (Saludando desde lejos.) 

Señora, á los pies de usted. 
Lucia. (Fríamente.) Rafael... al fin por acá. 
Ant. (Dios mió! No las abraza! 

Se me volvió muy formal.) 

ENR. (a Lucía y Rafael.) 

Qué es esto? No os dais la mano? 
Pero, hombre, qué frialdad! 

(Se dan la mano.) 

Vamos, á su lado. Siéntate 

en el sitio principal. 

Ya sabes que eres mi amigo, 

pero amigo de verdad. 

Cuanto hay en mi casa es tuyo. 
Ant. (No se puede ofrecer más.) 
Enb. Vamos, chico, dínos algo 

de tu vida por allá. 

Dos años! 
Ant- (Yo no rae voy, 

porque le quiero escuchar.) 

(Se sientan: Rafael al lado de Lucía, cerca de «sta 
Ana y próximo Enrique.) 

Enr. Qué tal Inglaterra, Londres? 
Rafael. Hermosa y triste ciudad! 

Es aquello un hormiguero 

que no te podré explicar: 

coches bajan, coches suben, 

gentes vienen, gentes van 



— 27 — 

por millares, por millones, 
y entre un bullir sin cesar 
no ves una cara amiga, 
uno á quien decir, ¿qué tal? 
ni un perro que te conozca 
con quien poder conversar. 
Del Támesis densas nieblas 
envuelven á la ciudad 
como fantásticos pliegues 
de un sudario colosal. 
Entre tres millones de almas 
te ves en la soledad, 
y en medio do tanta vida 
pensando en la muerte vas. 
Las casas todas oscuras, 
todas cerradas están. 
Las mujeres son de palo, 
los hombres de pedernal 
y á las chimeneas llegan 
á los diez años de edad. 
Algo te gusta al principio 
verte entre gente formal, 
pero á poco de ser serio 
aburrido y harto estás, 
y quieres volver aquí, 
donde no hay formalidad, 
donde todo es guasa y broma, 
dormir y no trabajar, 
y decir á una, le quiero! 
y á la otra, viva la sal! 
y ganarte un palo, que es 
cuanto sabemos ganar, 
y sostener una esquina 
cual si fueses un puntal; 
y cantar, é ir á los toros 
para poder olvidar 
la educación que nos dieron, 
y que es lo que estorba más; 
y en fin, para ver un sol, 
un sol que no es el de allá, 
este sol que hizo Dios mismo, 
este sol que es de verdad, 



— 28 — 

hermoso, lucido, gordo, 
de rubia y alegre faz, 
no aquel amarillo, seco 
triste, viejo, calvo ya, 
que es un sol falsificado, 
pHes imitando al de acá 
lo construyen los ingleses 
en sus fábricas de gas. 

Ana. Muy bien dicho. 

Enr. Por supuesto; 

tú habrás conquistado ya 
lo menos setenta inglesas. 
¡Te conozco, perillán! 

Lucia. Enrique! (Severamente.) 

Enr. Si eso no tiene 

nada de particular. 
Viudas y muchas casadas! 

Lucia. Pero Enrique! (Reprendiendo.) 

FUfael. Yo? No tal. 

Son bellas, mas no me gustan 
las inglesas. 

Ana. Claro está. 

Pues si tienen unos cuellos 
que no se acaban jamás. 

Ant. (Bastante le importan á él 
los cuellos. Como abrazar 
pueda.) 

Enr. Confiesa, bribón! 

Rafael. Ninguna, y vengo á buscar 
á España una que me quiera. 
¿La encontraré?, 

Cand. (Entrando.) Aquí estoy ya. 

ESCENA XV. 



DICHOS, CANDELARIA, luego JUANA. 

Cand. Qué calor! Dichoso estío! 

(Hay que ser amable y fina.) 

LUCIA. (Presentando á Candelaria.) 

Le presento á mi vecina 
y amiga. 



.— 29 — 

Cand. Muy señor mío... 

Rafael. Yo la he visto alguna vez 

y no se olvida su cara. 
Cand. (Dios mió! Si me sacara 

este chico de viudez!) ■„ ■;. ¡¿ág 

Ya de la vejez las huellas 

se ven en mí. 
Rafael. Por mi nombre 

¡qué hermosa vejez! 
Ana. (Á e¿te humbre 

todas le parecen bellas!) 

(Á Candelaria bajo.) 

Ya ha venido, ya la ves. 
'and. (Ya veremos si el pez pica.) 
Ana. Vamos, qué dices? 

CaND. (Con entusiasmo.) Ay! chica, 

que reguapisímo que es! 

Y ademas parece listo 

y uno y galanteador. 
Ana. Viene de Londres. 
Cand. Qué horror! 

Qué de ingleses habrá visto! 

(Alto á Rafael.) 

En la Ilustración ahora 

unos versos me han leido. 

Son de usted, según he oido. 
Rafael. Son muy malos, si señora. 
Enr. Lucía me los leyó. 

«Ojos de color de cielo.» 

De fijo este bribonzuelo 

para alguna lo escribió. 
Lucia. Quién será la preferida 

por vate tan distinguido? 

RAFAEL. (Bajo á Lucia.) 

(La única mujer que ha sido 
la esperanza de mi vida. 
Por la que morir juré, 
por quien he venido aquí, 
á ella se los escribí 
y esa mujer es usté!!) 

LlíClA. (Levantándose repentinamente.) 

Áh! señor mió! 



— 30 - 



Rafael. 



Juana. 



Enr. 



Cand. 
Rafael 



Lucia. 
Ant. 

Juana. 
Cand 

An,v\ 

Lucia. 
Rafael 

Enr. 



(Al instante 
lo dije. Yo soy así.) 

(Entrando por el fondo.) 

El almuerzo espera allí. 
Varaos... Ana, tú delante. 

(Á Candelaria.) 

Si usted se quiere coger 
del brazo... yo la suplico...! 

(Da el brazo á Candelaria.) 

Tú, Rafael, qué haces chico? 
Dale el brazo á mi mujer. 
(Veremos quien se le lleva.) 

(Ofreciendo el brazo i Lucía.) 

Si usted me quisiera honrar... 

(Lucía se coge de su brazo.) 

(Siento su mano temblar.) 

(Suspirando y con amargura.) 

(¡Dios quiere ponerme á prueba !) 

(Mirando á Rafael.) 

(¡Qué rostro tan vivaracho!) 

(Examinando á Rafael.) 

(Qué buen mozo!) 

(Por Rafael.) (Qué talento!) 

(Mirando á Rafael. ) 

(Qué alegría!) 

(Qué tormento!) 

(Contemplando á Lucía.) 

(Qué hermosa!) 

(Mirando á Rafael y sonriendo satisfecho.) 

(jQué buen muchacho!) 

(Cae el telón.) 



FIN DEL ACTO PRIMERO. 



ACTO SEGUNDO. 



Gabinete de Enrique amueblado con lujo: ventanas á dere- 
cha é izquierda que dan ai jardín; puerta á la derecha del 
espectador, que conduce á la alcoba de Enrique, otra a 
la izquierda que da á su biblioteca; puerta en el fondo 
que se cierra con llave y única que da paso á las tres ha- 
bitaciones que se indican; cortinas y sillones y mesa 
con timbre, recado de escribir y cartera que contiene pa- 
peles. 



ESCENA PRIMERA. 

LUCÍA, ANA. 

Lucia. Las cinco. Qué tarde ya. 

Ana. Pues hoy Rafael salió 
á las doce y no volvió. 

Lucia. Pero lú le espías? 

Ana. Bali! 

Lucia. Es ya mucha pesadez. 

Sabes qué hace, si se mueve, 
si hoy se levantó á las nueve. 

ana. No, se levantó á las diez. 

Lucia. Ay! Je debes tener harto. 

Ana, Y se asomó á la ventana, 
y se pasó la mañana 
paseándose por su cuarto. 



— 52 — 

Luego se asomó otra vez, 
y después con grave gesto 
se puso á pelar el tiesto 
que trajeron de Aranjuez. 
Luego cantó el Barberillo 
y en seguida la Africana, 
y salió y abrazó á Juana, 
que se encontró en el pasillo. 
Corrió la chica ligera 
como si viese al demonio, 
y él siguiendo abrazó á Antonio 
que se encontró en la escalera. 
Rióse el muy animal, 
y él siguiendo me halló á mí. 

Lucia. Y te abrazó? Vamos, di. 

Ana. No, hermana, no pienses mal. 
Y después... 

Lucia. Jesús María! 

Ana. Se' bajó al jardin. 

Lucia. Señor! 

Parece él conspirador 
y tú de la policía! 

Ana. Con la vista le seguí. 

Lucia. Pero él no te haría caso. 

Ana. Y se fué paso tras paso 

y yo me he quedado aquí. 

Lucia. Se le acabaron las nuevas? 
Vamos á reñir! 

Ana. Por qué? 

yo le quiero. 

Lucia. Olvídale. 

ana. Yo le gusto Tengo pruebas. 

Lucia. Pruebas? 

Ana. Ayer Rafael 

me decía en el jardin, 
que era mi frente un jazmín, 
que era mi cara un clavel, 
y una rosa que se abría 
mi boca, y un nardo... 
Lucia. Bah. 

Ya veo que el hombre está 
muy fuerte en jardinería. 



Ana. 


Me pisó en la mesa un poco 




al comer. 


Lucia. 


Será villano! 


Ana. 


Y ayer me apretó una mano. 


LüCIA. 


Si es un loco! 


Ana. 


No es un loco! 




Siempre en censurarle pronta 




con el infeliz se ceba. 




Ya ves tú bien que eso prueba.. 


Lucia. 


Eso prueba que eres tonta. 


Ana. 


No todos tienen tu ingenio... 




Si no habla más claro, estás? 




es que no se atreve á más. 


Lucia. 


El chico es corto de genio. 


Ana. 


Mira... si tú le dijeras... 


Lucia. 


¿Y yo, qué le he de decir? 


Ana. 


Le indicas... Te querrá oír. 


Lucia. 


Ana! 


Ana. 


Si tú me quisieras... 


Lucia. 


Escribes un memorial 




y le voy á llevar yo? 


Ana. 


De un modo indirecto. 


Lucia. 


Oh! 




Qué niña! 


Ana. 


Eso no está mal. 




No quiero que desairada 




le hagas el amor por mí. 




De un modo indirecto, así, 




como quien no dice nada. 




Tú le dices que soy bella, 




y luego le dices... 


Lucia. 


Qué! 


Ana. 


Pero Rafael, ¿por qué 




no se casa usted con ella? 




Pues claro, indirectamente. 


Lucia. 


Buena la indirecta está. 


Ana. 


Mira, esta noche será 




ocasión. 


Lucia. 


Está demente! 


Ana. 


Yo con la vecina voy 




á un baile. Si acaso os veis 




á solas hablar podéis. 



- 34 — 

Vamos, que no pase de hoy. 
Lucia. Con tu abuela vas á ir 

si sigues en tu manía. 
Ana. Pero ¿por qué, hermana mia? 
Lucia. No lo puedo consentir! 

ES Un perdido! (Muy disgustada.) 

Ana. No tal. 

Lucia. (¡Siempre hablándome de él!) 
Ana. Pero ¿por qué á Rafael 

le has de querer tú tan mal? 

ESCENA II. 

DICHAS, RAFAEL, por el fondo, 

Rafael. Buenas tardes. Aquí estoy. 

Á los pies de usted, señora. 

Adiós, Anita. 
Ana. (Bajo á Lucía.) (Ahora, ahora 

es ocasión: yo me voy.) 
Lucia. (¡Todos mi pérdida traman!) 
Ana. Hasta luego. 
Lucia, (á Ana.) (Ven aquí.) 
Ana. Ya vuelvo. Me llaman, sí. 
Lucia. Oye! (Asustada.) 
Ana. Ahora sí que me llaman. 

Pronto vuelvo. Hasta más ver. 

LuClA. (Severamente.) 

Yo te mando que te aguardes! 

(Ana sale por el fondo.) 

Rafael. Lucía... 

Lucia. (Saludando.) Muy buenaas tardes. 

(Sale siguiendo á su hermana.) 

Rafael. Siempre huyendo! Qué mujer! 
ESCENA III. 



(Mirando á Lucía que se aleja.) 

Ella... quien me hace sufrir! 
Él. . mi amigo más querido! 



— do — 

Pero él, por qué me ha traído? 

Si yo no quiero venir, 

si al verla, cual un venablo 

desde aquí me disparé, 

y por no verla escapé 

cual alma que lleva el diablo. 

— Perdido estás, no hay remedij 

dije, vas á naufragar, 

esa mujer es la mar, 

pongamos la mar por medio. 

Él mismo me hizo venir, 

de ella me enciende el desvío, 

pues ella oirá, yo lo fío, 

cuanto la quiero decir. 

Si no rae oye me leerá. 

Tres dias hace que me evita. 

La curiosidad maldita 

la hará leer. Vamos allá. 

(Se dirige á la mesa y escribe.) 

Seducirla no es mi intento. 
Buena el alma la prefiere. 
Que me diga que me quiere 
y me voy casi contento. 
Las ocasiones son raras, 
y yo por esa, por esa, 
me he dejado allá una inglesa 
que medía cuatro varas. 
El pecho mió la adora, 
pero es en vano que espere. 
Que me diga que me quiere! 
Dígamelo usted, señora. 
Tu audacia que á tanto llega, 
dónde está? Me dirán. Oh! 
Mi audacia? Con ella yo 
soy un Tenorio de pega. 
Cambio radical, profundo, 
produjo en todo mi ser. 
Mientras haya una mujer 
no habrá paz en este mundo. 
Señor: por qué te incomodas 
en mandarnos tantas bellas? 
Déjame solo con ellas 



- 36 — 

ó llévatelas tú todas! 

Ya está escrito. Calma y arte. 

Ahora mismo... Bueno fuera. 

Salga el sol por Antequera 

ó salga por otra parte. (s e levanta.) 

ESCENA IV. 

RAFAEL, ENRIQUE, por la izquierda, 

E-sr. ¿Contemplas mi pabellón? 

Qué estancia! 
Rafael. Maravillosa! 

Enr. Aquí tengo yo de todo: 

sombras cuando busco sombras, 

luces cuando quiero luces, 

calma cuando me acomoda, 

perfumes cuando los quiero, 

y aunque no las quiera, moscas 

Comprendes mi posición? 

Que estratégica. De toda 

nuestra casa estas tres piezas 

se separan, y aquí forman 

un pabellón, donde vivo 

lejos del mundo y sus pompas. 

Esa alegre galería (Señalando al fondo.) 

con ella me relaciona. 
Estás en mi gabinete. 

(Señalando á la derecha.) 

Esa puerta da á mi alcoba. 

(Señalando á la izquierda.) 

Esa otra á mi biblioteca 

(Señalando al fondo.) 

y por esa puerta sola 
se puede entrar en mi alcázar, 
por esa, que no por otra. 
Echo llave y quedo solo 
para pensar en mis glorias. 
Comprendes mi posición? 
Inespugoable. 
Rafael. Se toma, 

en tomando aquella puerta... (La del fondo.) 



- 37 — 



Exr. 



Rafael. 

Enr. 

Rafael. 

Enr. 

Rafafl. 

Enr. 



Rafael. 

Enr. 



Rafael. 
Enr. 

Rafael. 

Enr. 

Rafael. 



La cierro: me quedo á solas, 
y pienso en mis aventuras, 
en mis picardías. 

Oiga. 
Todavía? 

Todavía! 
Pero hombre... 

Siga la broma! 
Amas aún? 

Amo tanto 
que me marcho por la posta. 
Me han recetado los médicos 
reclusión tan rigurosa. 
Dicen que me curaré 
con mucha paz: Dios les oiga. 
Yo no descanso: no duermo. 
Los Galenos se acongojan: 
no saben qué hacer conmigo: 
me propinan por arrobas 
el opio, pero es en balde. 
Me acuesto á las cuatro, hora 
muy arreglada. 

Sí, sí. 
Nadie dirá que trasnochas. 
Me acuesto, doy veinte vueltas, 
acuden á mi memoria 
nombres, á pensar empiezo 
en Clara, en Pepita, en Rosa, 
me desvelo, tomo el opio, 
no me hace efecto, otra toma, 
me duermo, un sueño agitado 
lleno de duendes y sombras, 
y sueño: con quién dirás? 
Con Clara y Pepita y Rosa. 
De pronto ¡qué pesadilla! 
Que dirás que sueño? 

Toma. 
Pues que te piden dinero. 
Eso es, lleno de zozobra 
me despierto, doy mil vueltas 
y otra vez opio. Oh! congoja! 
Hombre, qué perdido eres! 



38 



Enr 


Y qué hacer? La vida es co rta. 




¿Te acuerdas de Filomena? 


Rafael. 


La bailarina? Famosa! 


Enr. 


Hija de aquella Camila... 


Rafael. 


Que también bailaba. 


Enr. 


Ahora 




he emprendido su conquista. 


Rafael. 


Pero Enrique... 


Enr. 


Es tan hermosa! 




Vaya una apuesta? 


Rafael. 


Por Dios. 


Enr. 


Cuatro mil reales. 


Rafael. 


Te sobran? 


Enr. 


Es que tienes miedo? 


Rafael. 


Lástima. 


Enr. 


Te vencí mil veces. 


Rafael. 


Pocas. 


Enr. 


La pedimos una cita 




los dos. 


Rafael. 


Si eso te acomoda... 


Enr. 


Para esta noche. 


Rafael. 


Aceptado . 


Enr. 


Tuno! 


Rafael. 


Pillo! 


Enr. 


Choca! 


Rafael. 


(Se dan la mano.) Choca! 


Enr. 


Vamos á escribir. 


Rafael. 


Corriente. 




(Se sienta Enrique.) 


Knr. 


(Escribiendo.,) ((Filomena encantadora... »> 


Rafael. 


(Si me parece mentira. 




Teniendo en casa una rosa... 




El bribón! Ya no vacilo.) 


Enr. 


Va muy bien. La ofrezco joyas. 


Rafael. 


(¿Por qué me has hecho venir?) 


Enr. 


Una acabé. 


Rafael. 


(Yo la otra.) 


Enr. 


(Se levanta.) 




Llamaré á Antonio. (Toca el timbre.) 


Rafael. 


Hasta luego. 


Enr. 


Adiós. Que siga la broma! 




(Sale Rafael por el fondo.) 



— 59 - 

ESCENA VI. 

ENRIQUE. ANTONIO, por el fondo. 



ANT. 


Llamaba usted?... 


Enr. 


Ven aquí, 




oye atento y punto en boca, 




y si no rae sirves listo 




te cuesta cara la broma. 


Ant. 


Señor, no me asuste usted. 


Enr. 


¿Tú sabes dónde se aloja 




la señora Filomena? 


A¡MT. 


La señora... Una señora 




que enseña todas las noches 




más arriba de la corva? 




Sí señor. 


Enr. 


Ves esta carta? 


Ant. 


La veo, sí señor. 


Enr. 


"(Se la da.) Toma, 




se la llevas. 


Ant. 


En seguida. 


Enr. 


(Bajando la toz.) 




Escucha, que esto me importa. 




Á las diez traerás el té 




' á este cuarto. 


Ant. 


Sin demora. 


Enr. 


Dos tazas. 


Ant. 


Ya, para usted 




y el huésped. 


Enr. 


Sí. 


Ant. 


Como todas 




las noches. 


Enr. 


No, yo me voy. 


Ant. 


¿Y le encargo que se sorba 




las dos en nombre de usted? 


Enr. 


No me interrumpas más, posma! 




En cuanto entre en este cuarto 




le dejas solo. 


Ant. 


Bien. 


Enr. 


(Dándole una llave.) Toma. 


Ant. 


Qué! 



Enr. 

AlNT. 

Enr. 



Ant. 
Enb. 

Ant. 
Enr. 



La llave de la puerta. 
Le encierras. 

Misericordia! 
Y alejas á los criados 
y no le abres la mazmorra 
hasta que amanezca. 

Digo! 
Más bajo, que no nos oiga. 
¿Te has enterado? 

Pues ya. 
Pobre muchacho! En chirona 
toda la noche! Qué chasco! 
Bah, ¿por qué se envalentona? 
Corro á vestirme. Ay! Lucía! 
Si tú supieses... Hermosa! 
Esta es la última: lo juro. 
Yo la quiero más que á todas! 

(Sale por la derecha.) 



ESCENA VIL 



ANTONIO, RAFAEL, por el fondo. 



Ant. 


Pobrecillo. Emparedado! 




Dius! qué casas y qué cosas! 


Rafael. 


Antonio. (Entrando.) 


Ant. 


Qué manda usted? 


Rafael. 


Un abrazo. (Abrazándole.) 


A;nt. 


(Qué persona 




tan llana!) 


Rafael. 


¿Quieres servirme? 


Ant. 


Según y cómo. (Esta es otra!) 


Rafael. 


(Los cuatro mil no los pierdo. 




Por hoy no canta victoria ) 




Antonio, dame esa carta. 


Ant. 


Cuál? 


Rafael. 


La que te han dado ahora 


Ant. 


No puedo. 


Rafael. 


Toma dos duros. 


Ant. 


Me mata en cuanto me coja! 


Rafael. 


Toma tres duros. 


Ant. 


No puedo, 



- 41 — 

que cuando en cólera monta... 

Méoos de setenta reales 

no puedo. 
Rafael. Pues daca y cobra. 

Ant. Tome usted... Qué compromiso! 

Siempre usted tan trapisonda. 

(Rafael da el dinero y Antonio la carta.) 

Rafael. Antonio. (Bajando la voz.) 
Ant. Qué manda usted? (id.) 

Rafael. Vaya otro abrazo! (Abrazándole.) 
Ant. Me ahoga! 

(Qué francote! Su costumbre.) 

Rafael. Quieres servirme? 
Ant. Disponga 

RAFAEL. Ves esta Carta? (La escrita para Lucía,) 

Ant. La veo. 

Rafael. Se la das á tu señora. 
Ant. Pero señor! 
Rafael. Pero Antonio. 

Es que te asustas? 
Ant. -Ve asombra. 

Rafael. Quieres ó no quieres? 
Ant. Venga. 

Rafael. Nada más. Te dejo á solas. 

(No puedo retroceder. 

Será lo que Dios disponga.) 

(Sale por el fondo.) 

ESCENA VIH. 

ANTONIO. 



El uno á la bailarina .. 
éste á la otra... la otra 
penando por el marido 
y al marido no le importa. 
El mundo es una Babel, 
y en Babel tan espantosa 
todos rabiamos cual perro 
á quien le pisan la cola. 



— 42 — 

ESCENA IX. 

ANTONIO, LUCÍA, por el fondo. 



Lucia. 


Y el señorito? 


Ant. 


En su cuarto 




vistiéndose por la posta, 




porque se va no sé dónde. 




Tome. Para usted, señora. 


Lucia. 


De quién? 


Ant. 


De don Rafael. 


Lucia. 


Cómo! ¿y tú, por qué la tomas? 


Ant. 


Bah, no será cosa mala, 




que él es muy buena persona. 




(Sale por el fondo.) 



ESCENA X. 



Contempla algunos momentos la carta qae la ha dado 
Antonio. 

LUCIA. (Pensativa.) 

No ha sido bastante huir. 
Al fin hasta mí llegó. 
Porque ese papel, sí, yo 
estoy fija; le he de abrir. 
¿Por qué me le han dado?... Ah? 
Quizás me cure al leerle. 
Tal vez me haga aborrecerle 
su lenguaje, pero... bah! 
Torpe pasión, ¿cómo abusas 
de esta confusa mujer? 
Si es que la quiero leer 
y que estoy buscando excusas. 

(Coge la carta, abre y lee.) 

«Ojos de azulado velo, 
»que irradian luz en el suelo... 
»estos versos que escribí 
«los escribí para tí, 



— 45 — 

»oj os de color de cielo!» 

(Deja la carta sobre la mesa. 

Y así sigue, y desvaría; 

y procara el muy impío 

arrancarme un albedrío, 

que ya le dio el almamia. 

Dentro de mi ser la encuentro, 

á pesar mió está aquí, 

le llevo, le llevo, sí, 

del corazón en el centro! 

Mas puedo mirar con calma 

mi situación; cómo fué? 

él llamó, yo le cerré 

todas las puertas del alma. 

Él entró en mi corazón 

por traición, á ia callada, 

como por puerta excusada, 

con ganzúa cual ladrón. 

Más firme con mi derecho 

y en fuerza de desdeñarle, 

yo conseguiré arrojarle 

del santuario de mi pecho. 

En mí hay lucha, qué he de hacer? 

¿Qué importa, si he de triunfar? 

¿Quien no tiene que luchar 

tendrá mérito en vencer? 

Hay más gloria en la jornada 

cuando el choque es más violento. 

¡Tras la reja de un convento 

cualquier m^.jer es honrada! 

Yo arrancaré en la porfía 

amor que muerte me da, 

y en tanto nadie sabrá 

lo que hay en el alma mia. 

Tranquilo el mar reverbera 

y lleva muerte en su centro: 

yo iré con la muerte dentro 

y la sonrisa por fuera. 

En mi frente no habrá brumas, 

no habrá llanto en mi pupila, 

me verán cual mar tranquila 

donde juegan las espumas! 



_ 44 -^ 

ESCENA XI. 

LUCÍA, ENRIQUE, por la derecha. 

Lucia. Enrique! 

(Al ver á Enrique, son prendida guarda la carta da 
Rafael en la cartera que hay sobre la mega.) 

(Reponiéndose.) ¿Te marchas? 
Enr. Sí. 

Una ocupación urgente... 

(Me voy sigilosamente 

antes de que vuelva aquí.) 

Tú vete á tu cuarto. 
Lucia. (Ah! 

Echarme quiere. ¿Por qué?) 
Enr. Vete á tu cuarto. 
Lucia. Ya iré. 

(Qué meditabundo está! 

¿Por qué una sospecha impía 

en mi nace, y otra en pos?) 

(Candelaria entra por el fondo.) 

Enr. Candelaria. Vaya, adiós. 
Aquí tienes compañía. 

ESCENA XII. 

LUCÍA, CANDELARIA. 

Candelaria con traje de baile: un criado entra luces. 

Cand. No saluda. Qué desden! 

¿Y Anita, no se ha vestido? 
Lucia. Pronto estará: hemos comido 

hace un momento. 
Cand. Bien, bien. 

Lucia. Vais al baile? 
Cand. Yo sin gana, 

bien sabe Dios que me pesa; 

mas por cumplir mi promesa 

y acompañar á tu hermana... 

Nunca me gustó bailar. 



— 45 - 

¡Dar vueltas como un peón! 

Y ademas, sin discusión, 

eso es dejarse abrazar. 

Me ha abrazado solamente 

aquel que perdido lloro! 

En cuestiones de decoro 

yo soy muy impertinente. 

Me sieato entre los señores 

que ya en los cincuenta rayan. 

No no he de bailar aunque vayan 

allí tres emperadores. 
Lucia. Que no irán. 
Cand. Lo mismo digo. 

pero, hija mia, aunque fueran. 

Es verdad, que si estuvieran 

no bailarían conmigo. 

Bailar?... Que les aproveche. 

Bailes?... No los puedo ver. 

Salir al amanecer 

como las burras de leche. 

Yo no sé qué las atrae. 

¡Qué caras sacan, criatura! 

Se nos cae la pintura, 

quiero decir, se las cae. 

Cuántas veces me he reido. 

Son caras de almas en pena. 

Ay! en punto á cara buena 

la llevaba tu marido. 
Lucia. No me he podido fijar... (inquieta.) 
Gand. ¿Dónde iría? 
Lucia. No lo sé. 

Ca'nd. El buen hombre, fíate, 

poquito que da que hablar . 

Qué hombres! tienen unos gustos. 

Siento decirte y que digas... 

Mas ¿á qué están las amigas 

sino para dar disgustos? 
Lucia. No lo creo: él es sincero 

y es amante y es amado. 
Cand. Ay Lucía, au ha olvidado 

sus hazañas de soltero. 
Lucia. Gomo! 



— 46 — 

Cand. Es UDa bailarina 

la que su existencia llena. 

Lucia. Qué me dices! 

Cand. Filomena. 

No te lo niego, es divina, 
y los hombres son tan malos 
y tienen almas tan tiernas, 
que mueren al ver dos piernas, 
aunque parezcan dos palos. 
Les alucinan de un modo! 
No lo extraño: ya lo ves, 
son tan ligeras de pies, 
y de cabeza y de todo. 

Lucia. Yo me resisto á creer... 

Oand. No lo comprendo. Es divina, 
más, hija, una bailarina... 
¡queda tan poco por ver! 
Cierto que su juventud... 
mas si tú eres más hermosa. 
Verdad que naciste sosa. 
¡Sencillez de la virtud! 
Ay! esa mujer fatal 
no me extraña que te venza, 
hija, la poca vergüenza 
siempre tuvo mucha sal. 
Ven con sermones después, 
una mujer ofendida 
qué extraño que se decida... 
Hay circunstancias, ¿lo ves? 
Tú misma... Si él te ha incitado. 
Guando nos tratan así, 
á veces... 

LUCÍA. {Con amargura.) Á Veces, SÍ, 

nos exigen demasiado. 
Espejo somos: se altera 
y se oscurece con todo. 
Basta un átomo de lodo 
para una existencia entera. 
¥ ellos de manera tal 
se han visto favorecidos, 
que no se manchan metidos 
de pies en uo lodazal. 



— 47 — 

De ruin y tosco artificio 
los hizo naturaleza. 
Tienen en casa pureza 
y van á buscar el vicio. 
¿Por qué después les asusta 
que falte la juventud? 
¿Por qué nos piden virtud 
si la virtud no les gusta? 
Caiw. Es verdad; pero está escrito. 
La virtud no gusta tanto. 
El vicio tiene un encanto! 
Mi marido era un bendito, 
era un hombre angelical, 
humilde, sumiso, amante; 
pues si vieras qué cargante 
fué el pobre y qué insustancial ! 

EXCENA XIV. 

DICHAS, ANA, por el fondo. 



Ana. 


¿Se puede entrar? 


Cand. 


Sí señora. 




¡Qué vesudo tan precioso! 


Ana. 


Tu tocado primoroso! 




¿Varaos, Candelaria? 


Cand. 


Ahora. 


Ana. 


(Bajo.) (Le hablaste, Lucía? 


Lucia. 


Anita! 


Ana. 


(Bajo.) Pero, hermana, hazla por mí 




Me lo prometes? 


Lucia. 


Bien, sí . 


An*. 


¿Será pronto? 


Lucia. 


Varaos, quita. 


Ana. 


(Bajo.) Le he visto en el comedor. 




Ahora de comer coucluía. 


Lucía. 


Sigues en la policía? 


An*. 


Pasé por el corredor 




y él ha reparado en mí 




y bonita me ha llamado. 




Eso es que le he impresionado 


Lucia. 


Es claro.) 



- 48 - 

Ana. Nos vamos? 

Cand. Sí. 

Ana. Ya no vuelvo hasta acabar. 

Á las cinco. 
Lucía. Digo, digo. 

Ana. (Ay! si él viniese conmigo 

le enseñaría á bailar j 

(Salen por el fondo.) 

ESCENA XV. 

LUCÍA. 

(Pensativa y triste.) 

Se va Enrique y estas dos 
y me encuentro sola aquí. 
¿Por qué me dejan así? 
Parece que lo bace Dios. 
Siento una inquietud, un miedo, 
una sensación extraña... 
¿Será verdad que me engaña 
Enrique? Pensar no puedo..- 
Lo aseguran por ahí. 
Tal vez la calumnia impía. . 
¿Y él por qué se empeñaría 
en que me fuese de aquí^ 
Sí, me quería alejar. 
De fijo de sus queridas 
tiene pruebas escondidas, 
teme que las pueda hallar. 
En su biblioteca .. Allí 
muy bien esconderlas pudo. 
En su despacho... Qué dudo! 
Nadie me ve... Por aquí. 

(Sale por la izquierda.) 

ESCENA XVI. 

ANTONIO, por el fondo. 
Con una bandeja en que trae el té. 

No hay nadie. Se puede entrar. 



— 49 — 

En la mesa le pondré. 

(Le coloca sobre la mesa.) 

Ay! yo creo que este té 

se tiene que indigestar. 

Voy á caer en desgracia 

de ese hombre; mas- por mi nombre 

que esto de encerrar á un hombre 

á mí me hace mucha gracia! 

ESCENA XVII. 

ANTONIO, RAFAEL, por el fondo. 



Trae el abrig-o al brazo y lo coloca srbre una silla. 

Rafael. El té me trajiste aquí? 
Ant. Con usted lo tomará 

mi señor que ahora vendrá. 

Él me lo ha mandado así. 
Rafael. Me alegro. 
Ant. (Con socarronería.) Es un buen amigo 

y conversarán los dos. 

Vaya, quede usted con Dios. 
Rafael. El diablo cargue contigo. 
Ant. Don Rafael, hasta luego 

ó hasta mañana temprano. 

Pronto amanece en verano. 
Rafael. (¡Qué fino que está el gallego!) 
ant. (Riendo.) (¡Esto me hace gracia á mí!) 
Rafael. Vete. 
Ant. Me voy. (Ya cayó!) 

(Antonio sale y cierra por fuera repentinamente ! 
RAFAEL. (Corriendo á la puerta.) 

Antonio! Pues no cerró. (Llamando ) 
¡Antonio, qué haces ahí! 
¡Qué descaro, qué osadía! 
Cerró! Pero este demonio! 
Abre, pronto! Antonio, Antonio! 

LUCIA. (Entra por la izquierda. ) 

Quién grita? Rafael! 
Rafael. (Sorprendido.) Lucía! 



ESCENA XVIII. 



LUCIA, RAFAEL. 

Rafael. (Vaya, ya estamos iguales.) 

LlJCiA. (Saludando y dirigiéndose al fondo.) 

Muy buenas noches. 
Rafael, (inclinándose.) Señora, 

estoy á sus pies... 

(Lucía empuja la puerta que no cede.)' 

(Sí, ahora 
veremos por donde sales.) 

LUCIA. (Inquieta.) 

¿Qué es esto? Quién ha cerrado? 
Rafael. Eso es lo que yo no sé. 
Lucia. Que es esto? Dígame usted! 
Rafael. Si á mí no me han enterado! 

Bah, la cárcel no es estrecha. 
Lucia. ¿Por qué aquí se me detiene? 

Yo llamaré. 

(Llama repetidas -veces al timbre con violencia j 
cólera.) 

¡Nadie viene! 

Ah! üios mió! Que sospecha! 

Ahora lo comprendo! 
Rafael. ¿Sí? 

Lucia. Un lazo que rae tendió. 

Quiere usted perderme. 
Rafael. Yo! 

Lucia. Usted me ha encerrado aquí! 

Al notar que su insistencia 

no hizo en mi pecho gran daño 

recurre usted al engaño, 

á la astucia, á la violencia! 
Rafael. No, Lucía, no Lucía, 

yo la juro á usted que no. 
Lucia. Pues bien, ¿quién nos encerró? 
Rafael. No la sé. (La suerte mia!) 
Licia. (Contra mí están conspirando.) 
Rafael. Quiere usted algo? 

(Acercándose con interés.), 



- 51 - 

LUCIA. (Fríamente.) No, allá, ' 

siéntese lejos. 

RAFAEL. (Sentándose lejos.) (Bien, ya 

nos iremos acercando.) 
Lucia. ¿Cómo encerrados nos vemos? 
Rafael. Eso no me pesa á mí. 
Lucia. ¿Qué vamos á hacer aquí? 
Rafael. Pues que sé yo, ya veremos. 
Lucia. Con usted la noche entera! 
Rafael. Señora, pues no es tan malo. 

(¡Mañana me gano un palo. 

Que me importa! Está hechicera!) 
Lucia. Un medio habrá y se me esconde 

y no lo hallo, y no lo sé. 

Pero hombre, márchese usté. 
Rafael. Pero señora, por dónde? 
Lucí*. (Él me engaña y lucho yo! 

Procederes bien diversos.) 
Rafael. Quiere usted que diga versos 

para entretenerla? 
Lucia. No. 

Rafael. Unos que escribí hace días 

((Ojos de azulado velo.» 
Lucia. Sí, ya lo sé, tierra y cielo 

y amores y tonterías. 

Una vez ya los oí, 

con una vez es bastante. 
Rafael. Bueno: ¿quiere usted que cante? 
Lucia. JNo, por Dios! 
Rafael. Lo hago así... así. 

Si usted quiere cantaré 
Le cu. Hombre, no, no es el momento. 
Rafael. ¿Quiere que la cuente un cuento? 
Lucia. ¿Quiero que me deje usté! 
Rafael. ¡Dejarla, yo que la adoro! 

LUCIA. Rafael! (Sobresaltada.) 

Rafael. Yo que me muero 

por usted! 
Lucia. Rafael, no quiero 

escucharle. 
Rafael. Lo deploro, 

pero en vano se fatiga. 



Lucia. 
Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael, 



Lucia. 
Rafael. 



Lucia. 



Nunca me quiso escuchar. 
Ahora no puede escapar 
y oirá cuanto yo la diga. 
No me culpe usted á mí, 
ni acusen sus labios rojos. 
¿Por qué tiene usté esos ojos? 
¿Por qué me miran así? 
¡Ojos que causan mis males, 
que arrebataron las luces 
de los cielos andaluces 
y las zonas tropicales! 
Mi amor es inmenso y puro. 
Por usted el alma muere. 
Dígame usted que me quiere 
y me marcho: se lo juro! 
La dicha devuélvame. 
Está mi vida desierta! 

(Levantándose.) 

Señor, aquella es la puerta. 

(Levantándose y tranquilamente.) 

Si señora, ya lo sé. 

Á descaro y osadía 

no hay ninguno que le iguale. 

Señor, por allí se sale. 

No señora, se salía. 

Si está la puerta cerrada. 

¿Se ha llegado á figurar 

que una noche he de pasar?... 

Yo no me figuro nada. 

Salga... pruebe... loca estoy! 

Si yo fuera lagartija 

saliera por la rendija, 

pero como no lo soy 

que se resigne es forzoso. 

¿Qué he de hacer? Estar aquí. 

Qué desdichada nací! 

Y yo en cambio qué dichoso! 

Yo que me miro á su lado, 

pobre mujer desdichada, 

amante sin ser amada 

yo amante sin ser amado. 

(Qué situación! Sin salida!) 



— 53 — 



Lucta. 



Rafael 

Lucia. 



Rafael. Aunque de usted nada espero, 
si señora, yo la quiero 
con el alma y con la vida! 
¿Lo duda usted? 
Lucia. No..:' no... sí. 

(Va á acabar por trastornarme.) 

¿Una prueba quiere darme? 

Sálveme, salga de aquí! 
Rafael. Lo haré sin vacilación, 

que me indique un medio espero. 

Lo haré, sí, porque la quiero 

con todo mi corazón! 

Bien, hombre, bien, ya lo sé. 

No hay que esperar á mañana. 

Tal vez por esa ventana... 

Por ahí no: no insista usté. 

(Ah! no, no quiere salir. 

Duda ninguna me cabe, 

él cerró, tiene la llave 

¿Cómo cogerla y abrir?) 

¿Conque no hay medio? Es verdad! 
Rafael. Tenga calma: siéntese 

y tomaremos el té 

con toda tranquilidad. 

(Toma una taza y coloca otra al lado de Lucía.) 

Cuando llegue la mañana 
todo se explica... 
Lucia. (Loca de alegría.) (Qué idea!) 

Pues que usted lo quiere, sea. 

(Fingiendo ceder.) 

Rafael.] (Ya se vuelve más humana. 

La victoria decidida.) 
Lucia. Espere un momento ahí. 

Antes veré por aquí 

si encuentro alguna salida. 

(Sale por la derecha.) 



— 54 — 
ESCENA XIII. 

RAFAEL, paseándose lleno de gozo. 

Pues es claro; me prefiere, 
el pecho de amor se inflama. 
¿Alguien del jardín me llama? 
El gallego! Qué me quiere? 

(Corre á la ventana.) 

¿Qué se te ocurre, bribón? 
Hola! me vendes la llave? 
Muchas gracias. (Esto es grave.) 
¿Cuántos? (Muchos duros son.) 
No puedo. (Ya bajará.) 
Veinticinco? Quieres veinte? 
Te conviene? Pues corriente. 
Venga la llave. 

(Se retira de la ventana: recoge !a llave que cae 
en la escena arrojada desde fuera.) 

Aquí está. 
Voy por el diaero, amigo. 
Ahora saldremos de aquí 
cuando me convenga á mí. 

(Deja la llave en el abrigo.) 

La llave, aquí, en el abrigo. 

(Se aproxima & la luz y saca la cartera, y de ella 
un billete.) 

ESCENA XX. 

LUCÍA, RAFAEL. 

Entra Lucia por la derecha ocultando un objeto en la mano. 

Lucia. (Ya traigo mi salvación!) 

RAFAEL. (Mirándola.) 

(Ya vuelve. Si yo pudiese 
acercarme sin que viese 
Lucía mi evolución... 
No mira... Voy decidido. 

' (Se dirige á la ventana.) 



— 55 — 

Lucia. (Bravo! Se aleja de mí! 

Dios mió! Qué traigo aquí? 
¡El opio de mi marido!) 

{Rafael echa pop la ventana el billete: Lacia en- 
tre tanto vierte el opio en la taza de Rafael.) 

Rafael. (Muy bien: acabóse el trato. 

Ya recogió su dinero.) 
Ldcia. (Ya está! Pobre caballero. 

Vas á dormir un buen rato.) 
Rafael. Si me permite acercar... 
Lucia. Yaya, á la mesa. 
Rafael. á la mesa. 

¡Triste encierro! 
Lucia. No me pesa. 

Rafael. (Ya me empieza á enamorar.) 
Lucia. (Pues señor, se va animando.) 
Rafael. Nos sentaremos. 
Lucia. (Se sientan.) Pues no. 

Mas cerca. 
Rafael. (Acercándose.) (Bien dije yo, 

que ya me iría acercando.) 

LuCIA. (Probando para animarle.) 

Ah! qué delicioso el té. 
Rafael. Por Dios! un favor, Lucía! 
Lucu. Qué favor? Hable. [5TÍJ 

Rafael. Quería 

esa taza. 
Lucia, (inquieta.) Para qué? 
Rafael. ¡En esa taza sin par, 

que tiene una suerte loca, 

puso la miel de su boca 

y yo la quiero probar! 
Lucia. Qué dice usted! Alto ahí! 
Rafael. Esa taza quiero yo. 

Cambiemos de taza. 

LUCIA. (Rechazándole.) No. 

Nunca, jamás! (Ay de mí!) 
Rafael. Oh! por Dios! 
Lucia. No insista usté 

ó le abandono eo la mesa. 

Vamos, probaré yo de esa. 

(Prueba de la taza de Rafael.) 



- 56 - 



Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 



Lucia. 
Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 



Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 

Lucia. 



Ah! mil gracias! 

(Me salvé.) 

(Bebiendo.) 

No he tomado té mejor, 

pues probado por Lucía 

esto es néctar y ambrosía, 

y embriaga como licor. 

Lucía! Mujer querida! 

Ah! si yo fuera su esposo! 

¡Qué alegre, qué venturoso 

así pasara mi vida! 

Así, mis ojos jamás 

de mirarla se cansaron. 

Eso ya me lo juraron. 

Es que yo la quiero más. 

Rafael, aunque así sea 

no debo oir ni atender. 

Yo no la quería ver 

y me han hecho que la vea. 

Tengo el alma muy enferma! 

En que se care confío. 

Ay! que me quiera, Dios mió! 

(Ay! Dios mío! que se duerma!) 

Ah! si yo fuera su esposo! 

Fuera usted cual los demás. 

No me apartara jamás 

de su lado, dueño hermoso! 

(Conmovida.) 

Siempre á mi lado? 

Sí, sí. 

Y no me vendiera? 

No. 
Quién me lo asegura? 

Yo! 
A quién no engañan? 

Á tí! 

Ámí! (Agitada.) 

(Ya la tuteó.) 

Y amarnos lOS dos! (Con placer.) 

Los dos! 

(Volvienao en sí.) 

Rafael, por Dios, por Dios! 



Rafael. 
Lucia. 

Rafael. 



Lucia. 



Rafael. 

Lucia. 
Rafael 



Lucia. 



Otro sorbito de té. 
(Bebiendo.) Ya la mitad he apurado, 
ya se me ha quitado el frió. 
(No le hace efecto, Dios mió! 
¿Es opio? Me habré engañado?) 

(Sobresaltada.) 

¿Qué ruido es ese, Rafael? 
Es el ruiseñor que canta. 
En la noche que adelanta 
sólo el vigilante es él. 
En brazos de la pereza, 
cansada, rendida, inerme, 
envuelta en las sombras, duerma 
la pobre naturaleza. 
El que espera entre sonrisas, 
el niño cogido al pecho, 
las hermosas en su lecho 
y sobre el lago las brisas. 
Dejando sus verdes camas 
tan sólo los ruiseñores 
para cantar sus amores 
se columpian en las ramas. 
Á los espacios desiertos 
lanzan sus trinos amantes, 
y si en tan dulces instantes 
estamos los dos despiertos, 
sin cuidados ni sonrojos 
hablemos de amor ahora, 
que cuando venga la aurora 
se nos cerrarán los ojos. 
Basta! Á trastornarme empieza 
el perfume embriagador 
del jardin! 

Es el amor 
que se sube á la cabeza. 

Rafael! (Vacilante.) 

Estoy seguro, 
Lucía. Usted me prefiere! 
Dígame usted que me quiere. 
Dentro de un rato: lo juro. 
Pero calme su arrebato, 
porque si no me arrepiento. 



53 — 



Rafael. 


Bien, más hizo un juramento. 




Lucia. 


Lo juro, dentro de un rato. 
La taza mediado miro; 
en cuanto la acabe. 




Rafael. 


¿Qué? 

(Bebe toda la taza.) 

Yo me bebo por usté 
el estanque del Retiro. 




Lucia. 


Qué volcánica pasión! 




Rafael. 


Yo sueño con ser su dueño. 




Lucia. 


Ay! señor, la vida es sueño 
y los sueños sueños son. 






(Rafael empieza á sentir los efectos del 


sueño.) 




Amor nace y amor crece, 






los corazones se abrasan 






y cuando los años pasan 






sólo un sueño nos parece. 




Rafael. 


Pues jamás un sueño fué 
este mi amoroso empeño. 




Lucia. 


(Sonriendo sntisfecha.) 

Sí señor, la vida es sueño. 
Por eso se duerme usté. 




Rafael. 


(Sobresaltado.) 

Yo? Cuándo? 




Lucia . 


Á risa provoca 
su cara. 




Rafael 


Yo? (Qué torpeza!) 




Lucia . 


Si se inclina su cabeza! 




Hafael 


. Cómo? 




Lucia. 


Se le abre la boca! 




Rafael 


. Á mí! (Perdido me miro!) 
Yo dormir? Si estoy hablando. 




Lucia . 


Pero si está bostezando. 




Rafael 


. No señora, es que suspiro. 

(Quiere levantarse y se cae.) 

¿Qué me pasa? Qué sonrojos! 
¿Pero qué es esto, señora? 




Lucia. 


Eso es que viene la aurora 
y se le cierran los ojos! 




Rafael 


. (Luchando con el sueño.) 





Á mí!... Tiene usted razón! 
Me duermo!... Maldita suerte 



la mia! Será la muerte 

lo que siento! Compasión! 

Yo no sé ya que pensar, 

yo no sé si esto es morir, 

yo no sé si esto es dormir, 

yo no sé si esto es soñar. 

Mas sepa usted, pues mirándola 

estoy por dicha y oyéndola, 

que yo me duermo queriéndola 

ó que yo me muero amándola! 
Lucia. (Al fin se rinde á Morfeo! 

He triunfado!; 
Rafael. Soy perdido! 

No me mire usted dormido, 

porque debo estar muy feo! 

Todo lo comprendo. Oh! 

Obra fué solo de usté! 

Dios mió! Si roncaré? 

¡Lucía... adiós! (Se duerme.) 

Lucia. (Se levanta.) Se durmió! 

Pobre don Juan! Derrotado! 
¿Y la llave? Sobre si 
ó en el abrigo? 

(Corre al abrigo y encuentra la llave.) 

jEstá aquí! 
¡Me he salvado y le he salvado! 
Ya concluyó mi nnsiedad! 
La alegría en mi no cabe! 
¡La llave, tengo la llave, 
que es mi honra y mi libertad! 

(Contemplándole y hablando más bajo.) 

Duerme, astuto caballero. 

En vano será que luches. 

¡Duerme, duerme, y no me escuches, 

no sabrás que yo te quiero! 

¡Sí, tu amor mi dicha labra! 

¡Sí, mi corazón te elige! 

Dentro de un rato te dije: 

he cumplido mi palabra. 

Mataré mi amor, que es tuyo, 

pronto, y muy pronto quizá 

sueño me parecerá 



— 60 — 

tan profundo como elfsuyo. 
¡Á luchar con el deber 
las circunstancias nos traen; 
mas las mujeres que caen 
es porque quieren caer! 

(Estrecha la llave contra su corazón loca de ale- 
gría, vaelre á mirar á Rafael y se dirige cor- 
riendo al fondo.) 



FIN DEL ACTO SEGUNDO- 



ACTO TERCERO. 



La misma decoración del acto segundo. 



ESCENA PRIMERA. 

LUCÍA. 

Mi situación frente á frente 

puedo ver. Estoy contenta, 

complacida de mí misma 

y tranquila y satisfecha. 

Á prueba quiso ponerme 

Dios y resistí la prueba. 

En situación más difícH 

que yo muy pocas se encuentran, 

y supe salir del trance 

con hábil estratagema. 

Tengo un esposo y me vende, 

le di amor y me desdeña, 

y yo sé guardar respetos 

á aquel que no me respeta. 

Rafael no es un Tenorio 

en cuya misma soberbia 

y cinismo encuentra una 

armas para la defensa. 

Es un hombre que me quiere, 



— 62 — 

que aunque la pasión le ciega 

sabe dominarse y siempre 

respetuoso se me muestra. 

De suerte que resistí 

en lucha tan gigantesca 

al amor que precipita, 

á la vanidad que ciega, 

al desengaño que hiere 

y aun á la ocasioa que alienta. 

Tiene en las almas honradas 

la ley del deber gran fuerza, 

y es timón que salva siempre 

cuando mge la tormenta. 

He luchado y he sufrido, 

mas hoy que paz, que serena 

calma, que tranquilidad 

el alma me regeneran. 

Ser honrada es un deber 

y un placer, y por soberbia, 

por orgullo y egoismo 

es necesario ser buena. (Pausa.) 

Sólo me inquieta un temor, 

y es aquella carta, aquella 

que me escribió Rafael. 

La he perdido! La sorpresa 

cuando vi á Enrique y el susto 

y la emoción. Dios no quiera 

que la encuentre. Bah! qué importa! 

Yo haré que Enrique me crea; 

contra el que no tiene culpa 

puede poco la sospecha. 





ESCENA II. 




LUCÍA, ENRIQUE, por la derecha. 


Lucia. 


Y el enfermo? 


Enr. 


Ya está bien. 



Ya se pasó la dolencia. 
Esta tarde se levanta. 
Qué susto! Quién me dijera 
aquella noche maldita 



— 65 — 

que á mi vuelta tal sorpresa 
me esperaba! Vuelvo á casa, 
llego aquí... calma completa... 
la llave en la cerradura 
y de par en par la puerta. 
Eq ese sillón Rafael 
sumido se me presenta 
en un profundo letargo, 
le llamo, no me contesta, 
le hablo fuerte, no se mueve, 
le agito, no se despierta, 
le levanto, se me cae, 
me asusto entonces de veras, 
llamo á todos, viene el médico 
y dice con mucha flema: 
este hombre ha tomado opio 
en cantidad tan extrema, 
que si toma un poco más 
aquí ya no se despierta. 

Lucia. (Ay! sí, por poco le mato. 
Me encontraba tan violenta 
que la mano se me fué.) 

Enr. Qué Ues dias! No me llega 
la camisa al cuerpo. Pobre! 
En fin, ya está bueno. Era 
un compromiso feroz. 
Envenenarse! que idea 
tan absurda! Mas por qué? 
Le pregunto y no contesta. 

Lucia. Yo no acierto... 

Enr. Pues yo sí. 

He compuesto una novela. 
Tengo yo mucho talento! 

Lucia. A ver... 

Enr. Y mucha experiencia. 

Es un amor desgraciado. 

Lucia. Qué me dices! 

Enr. Una inglesa. 

Eh! que tal! no soy yo listo? 
Es novela? 

Lucja. No es novela. 

Existe la dama. 



64 — 



Enr. 


Sí? 


LüCia. 


Mas la dama no es inglesa, 




sino española. 


Enr. 


Tú sabes... 


Lucia. 


Y vino tan solo á verla. 


Enr. 


Y le rechazó? 


Lucia. 


Pues claro. 


Enr. 


Por eso se desespera! 


Lucia. 


Es necesario alejarle 




por su bien. 


Enr. 


Si yo supiera 




un medio. 


Lucia. 


Yo le he encontrado 




soberbio. 


Enr. 


Dime tu idea. 


Lucia. 


Hay que mandarle muy lejos, 




mas fuerza es que no lo sepa; 




tú puedes hacerlo. 


Enr. 


Yo? 




Explícame la manera. 


Lucia. 


Sin que él lo sepa y muy lejos. 




Luego, que Anita se acerca. 




ESCENA III. 




DICHOS, ANA, por la derecha. 


Enr. 


Qué tal, Rafael? 


Ana. 


Mejor. 




Allí con Antonio queda. 




Saldrá pronto. Está muy triste. 




Nos dijo que no quisiera 




volver á Londres, que allí 




se muere uno de tristeza, 




que ha venido á gestionar 




su traslado. 


Enr. 


Buena idea. 


Lucia. 


(Á Enrique.) De eso te pensaba hablar 




El ministro te tutea, 




y si le pides su ascenso. 


Enr. 


Tienes razón, qué no hiciera 




por Rafaeli'lo. Ahora mismo 



— 65 — 

voy... voy... pero ese babieca 
¿por qué no me lo ha indicado? 

Lucia. Escríbele en cuanto puedas. 
Di que es hombre de talento 
y recomendables prendas. 
Su habilidad y su tino 
y su discreción pondera. 

Ana. Eso es, y añade que es guapo. 

Locia Ana, por Dios! 

Ana . Pues es esa 

una buena cualidad 
en las cortes extranjeras: 
así verán que en España 
no hay ninguna cosa fea. 

Lucia. Dile que es amigo tuyo 
y casi de la uobleza. 

Ana. Vaya, y que baila muy bien. 

Lucia. Pero Anita, considera... 

Ana. Pues toma, en las embajadas 
y legaciones no creas 
que sirven para otra cosa. 

Enr. Voy... voy ahora mismo. 

Ana. Vuela! 

(Bajo.) (Escucha, dile al ministro 
que le traslade muy cerca.) 

Ldcia. (Bajo.) (Oye... no olvides el plan. 

Fuerza es que el ministro entienda 
que ha de ascenderle muj lejos.) 

Enr. (Bajo.) (Sí, sí, donde no la vea.) 

(Sale por el fondo.) 

ESCENA IV. 

LUCÍA, ANA. 

Ana. Recomendación muy fuerte 

es la suya. 
Lucia. Sí, por Dios. 

Ana. Dios quiera que entre las dos 

hagamos mejor su suerte. 
Lucia. Tú contenta te pusieras? 
ana. Pues ya lo creo. Qué escucho? 

5 



66 — 



Lucia. 


Pero tú le quieres? 


Ana. 


(Con sinceridad.) MllCho. 


Lucia. 


Pero le quieres?... 


Ana. 


(Con pasión.) De veras 


Lucia. 


Tú sabes qué es el amor? 


Ana. 


Le siento en todo mi ser. 


Lucia. 


Sientes dolor ó placer? 


Ana. 


Siento placer y dolor. 


Lucia. 


Si él no te mira... 


Ana. 


Le miro,. 




con la vista le devoro. 


Lucia. 


Y cuando no le ves? 


Ana. 


Lloro! 


Lucia. 


Y cuando le ves? 


Ana. 


Suspiro I 


Lucia. 


Y si de tí se recata? 


Ana. 


Se me oprime el corazón. 


Lucia. 


Y si te habla con pasión? 


Ana. 


El corazón se dilata! 


Lucia. 


Concibes mayor sufrir?... 


Ana. 


No le concibo mayor. 


Lucia. 


Qué desearías? 


Ana. 


Su amor. 


Lucia. 


Y qué sin su amor? 


Ana. 


Morir! 


Lucia. 


Qué anhelaras si murieras? 


Ana. 


Quisiera verle después. 


Lucia. 


Tienes razón, eso es. 




Sí, sí, le quieres de veras. 




(Con dolor profundo.) 




¡Feliz tú, niña agraciada, 




que sin miedo ni rubor, 




puedes confesar tu amor 




con la frente levantada! 




¡Que no tienes que ocultar, 




ni tienes por qué mentir, 




ni te obligan á fingir, 




ni te esfuerzas por callar! 




¡Que en un combate violento 




no temes por tu razón, 




ni estrujas tu corazón, 




ni tuerces tu pensamiento! 



¡Y que de dolores leca 

y presa de afán profundo, 

no te hacen ir por el mundo 

con la sonrisa en la boca, 

mientras el dolor se encierra 

en tí, corriendo á raudales, 

como ocultos manantiales, 

que van por bajo de tierra! 

¡Si fácil senda el error 

ofrece á la juventud, 

la cumbre de la virtud 

no se alcanza sin dolor! 
Ana. Qué hablas tú de desengaños? 
Lucia. Nada, son locuras mias. 

Rarezas. 
Ana. Qué me decías! 

Lucia. Lósanos... 
Ana. Tienes mis años. 

LuCIA. (Abrazándola muy cariñosa.) 

Oye, Anita, bien se ve 

que es tu amor cual no creí. 

Yo he de hacer algo por tí, 

el cómo yo no lo sé. 

No quiero que amargo llanto 

anuble tu faz hermosa. 

Si puedo te haré dichosa! 
Asa. De veras? Te quiero tanto! 
Lucia. Yo lo he de intentar. 
Ana. Qué escucho? 

Lucia. Sin esperar á mañana 

un beso y adiós, hermana. 

¡Yo también te quiero mucho! 

(La besa con efusión y sale por el fondo ) 

ESCENA V. 

ANA, RAFAEL, JUANA. 
Entran por la derecha: Rafael cogido del brazo de J ua 

Ana. Qué tal? 

Rafael. (Con voz débil.) Muy bien. (En rigor 



— 68 



Juana. 

Ana. 

Rafael. 

Ana. 
Juana. 

Rafael. 

Juana. 

Rafael. 

Ana. 

Rafael. 

-I|A!*A. 

Rafafx. 

Juana. 

Ana. 

Juana. 

Rafael. 

Ana. 

Juana. 

Rafael. 



Juana. 



Rafael. 

Juana. 
Rafael. 



solo me puedo tener, 
mas cogido á una mujer 
ando yo mucho mejor.) 
Despacio... vamos andando. 
Ayudo yo también? 

Sí. 

(Ana le cog-e del otro brazo.) 

Vamos, siéntese usté aquí. 
En el sillón, que es más blanda. 

(Se sienta: se colocan á ambos lados las dos.) 

Gracias. 

Algo necesita? 
Nada, muchas gracias, Juana. 
¿Hay que cerrar la ventana? 
No, muchas gracias, Anita. 
Servido estoy cual ninguno. 
Yo por cuidarle no duermo. 
(¡Qué bueno es estar enfermo- 
y que le mimen á uno.) 
Qué mal estuvo aquel día! 
Qué gran susto hemos tenido! 
Si le creyeron perdido! 
(Eso me creen todavía.) 
Mas ya ha pasado el turbión. 
Ya se curó. 

(Ya lo veo. 
De esta vez á lo que creo 
me curo de la afición.) 
Ya sus ojos tienen brillo 
y su cara es otra cosa 
y vuelve el color de rosa 
á su semblante amarillo. 
Está usted muy guapo! 

No. 
Te chanceas. 

Es verdad. 
/Es mucha fatalidad. 
¡Á todas les gusto yo!) 
¡Qué dulce y qué cariñosa 
hospitalidad hallé! 
Ana, qué bella es usté! 
Juana, tú eres muy graciosa! 



— 69 — 

Cerca de mi lecho os vi 
ángeles de caridad. 
(¡Es mucha fatalidad, 
todas me gustan á mí!) 

ESCENA VI. 



DICHOS, CANDELARIA, por el fondo. 
CaND. (Entrando precipitada.) 

En dónde está? Pobrecillo! 
Se levantó? Ya era hora! 

Cómo está usted? 
Rafael. Bien, señora. 

Cand. Ay! Dios mió, qué amarillo! 

Usted que es una floresta 

por la cara. Yo me espanto! 

Cómo le han puesto! 
Rafael. (Ay! Dios santo! 

También le gusto yo á esta.) 
Cand. Es necesario animarle; 

cuídese bien: no sea loco. 
Ana. Ya le cuidamos. 
Cand. (Por poco 

se me muere sin pescarle.) 
Juana. (Uf! qué dichosa vecina!) 
Cand. Y qué tal? Se siente bien? 

Expliqúese. Yo también 

entiendo de medicina. 

Mi pobre esposo enfermó 

y al médico no llamé, 

yo de medicina sé, 

yo le cuidé sola, yo. 

Yo misma le recetaba 

y las pócimas hacía, 

y á su mano de la mia 

la medicina pasaba. 

Yo le cuidé sola, yo, 

en lugar de andar de pingo. 

Pobre! Se acostó el domingo 

y el lunes se me murió! 



70 — 



Rafael. 


Qué horror! 




Cand. 


Desde aquella vez 
con constancia le he llorado. 
¡Treinta y dos he rechazado 
en diez años de viudez! 
Vaya, veremos qué tal 
el pulso. 




Rafael. 


(¿Será doctora?) 




Cand. 


La derecha. 




Rafael. 


Ahí va, señora. 






(Candelaria le toma el pulso en la mano 


derecha, 


Cand. 


(Después de un rato.) 

Pues no está mal, no está mal. 
Regular, aunque frecuente. 
Á ver la izquierda. 

(Le toma el pulso en la izquierda.) 

Ay! amigo! 
La izquierda peor. 




Rafael. 


(Pues digo!) 




Cand. 


Qué de prisa! Á ver la frente. 

(Le coloca la mano en la frente.) 

Qué calor! Á no dudar 
tiene fiebre. Yo me espanto! 




Juana. 


Ay! no le toque usted tanto, 
que se va á desfigurar! 




Cand. 


¡Qué susto, qué desazón 
cuando del baile volví 
y aquí los gritos oí! 
¿Usted baila? 




Rafael. 


Con pasión. 




Cand. 


Yo vertiginosamente. 
¿Habrá bailado Rafael 
en Londón? 




Rafael. 


Sí. 




Cand. 


Very well! 
Very well! 




Ana. 


(Qué impertinente!) 




C\!SD. 


Yo medí una vez el suelo 
aquella noche valsando, 
pero mire usted, bailando 
soy una pluma, yo vuelo! 
¿Quiere usted un taburete 





— 71 — 





para los pies? 


Rafael. 


No señora. 


Cand. 


Quiere de mi brazo ahora 




dar seis vueltas, seis ó siete? 


Rafael. 


Mil gracias. 


Cand. 


Quiere que lea 




y le podré entretener? 




¿Quiere usted? 


Rafael. 


(¡Ay! qué mujer! 




¡Me marea, me marea!) 


C*ND. 


Dejan tan débil los males! 




Se curará usted por fin. 




Yo buscaré en el jardin 




mis yerbas medicinales. 


Rafael. 


Cómo! (Asustado.) 


Cand. 


Le haré un cocimiento 


Rafael. 


Señora! 


Cand. 


No he de tardar. 


Rafael. 


(Ay! que me va á envenenar 




otra vez!) 


Cand. 


Vengo al momento. 




Que le curo á usted le digo. 




Ven, Juana, y ayúdame. 


Rafael, 


Oh! no se moleste usté. 


Cand. 


Nunca molesta un amigo. 




(Salen por el fondo.) 



ESCENA VIL 



ANA, RAFAEL. 



RAFAEL. (Levantándose.) 

¿Cómo pagar, Ana hermosa, 

todo cuanto usted ha hecho? 

La he visto junto á mi lecho 

diligente y cariñosa. 

Hermana de caridad 

no he podido hallar más bella, 

y me extraña que ante ella 

huyese la enfermedad; 

y aun cuando el mal, si reincide, 



— 72 — 



Ana. 



Rafael 

Ana. 

Rafael. 

Ana. 

Rafael. 

Ana. 



Rafael. 

Ana. 

Rafael. 

Ana. 

Rafael. 

Ana. 

Rafael. 



Ana. 



Rafael. 



puede en peligro ponerme, 
malo otra vez quiero verme 
solo porque usted me cuide, 
que ese rostro encantador 
de nuevo me ha de curar. 
(No lo puedo remediar, 
á todas hago el amor.) 
Es usted contraveueno 
que á los moribundos sana. 
(Yo no sé por qué mi hermana 
dice que este hombre no es bueno. 
¿Ha estado usted muy mal? 

Sí. 
¿Usted sueña mucho? 

Mucho. 
¿Sueña usted alto? 

(Qué escucho! 
Qué habré dicho?) 

Yo le oí. 
Cien nombres de vez en cuando 
de cien mujeres decía. 
Sería la letanía. 
Era que estaba rezando. 
Nombres de mujeres, sí. 
(Ni soñando las olvido.) 
Más de un amor que lia traído 
en el alma desde allí. 
¿Acaso es delito amar? 
No, que Dios manda querer. 
¿Y por qué lo he de traer 
y no venirlo á buscar? 
Vale más una española 
que dos docenas de inglesas, 
y vence á cien mil francesas 
una madrileña sola. 
La que yo quiero está aquí, 
aquí vio la luz del dia. 
(Y luego dice Lucía 
que no se dirige á mí.) 
¿Quién podrá ser la beldad 
que inspiró amor estupendo? 
Muy curiosa se va haciendo 



— 75 — 

la hermana de caridad. 
Ana. Estos días sin reposo 

me dan derecho á fe mia. 
Rafael. Nunca agradecer podría 

cuidado tan cariñoso. 

Yo no sé qué podré dar 

en Cambio de tal merced, (intenta abrazarla.) 

Ana. Ay, señor, repare usted 

que eso no es dar, es tomar. 
Rafael. Qué extraño, si es tan divina! 
Ana. Pues si no hay razón mejor. .. 
Rafael. Si la hay, me encuentro peor 

y acudo á la medicina. 
Ana. Basta, que ya está curado. 
Rafael. Se marcha usted? Por favor! 
Ana. Sí, que este enfermo, señor, 

se va haciendo de cuidado. (Sale por el fondo.) 

ESCENA VIII. 



RAFAEL. 

Esta niña noche y dia 
junto á mi lecho veló 
y á la puerta se asomó 
solo un momento Lucía. 
Por ella un hombre agoniza 
y ni le mira siquiera. 
¡Una virtud tan severa 
me carga y me escandaliza! 
Pero no digo verdad, 
no me escandaliza, no. 
Estoy encantado yo 
de tanta severidad. 
Nuestra loca juventud 
mujeres frágiles busca , 
pero á todos nos ofusca 
el brillo de la virtud. 
De la montaña á los pies 
pobres pigmeos nos vemos, 
y aunque subir no podemos 
decimos: ¡qué hermosa es! 



74 — 



ESCENA IX. 



LUCIA, RAFAEL. 
LlIClA. (El.) (Deteniéndose en el fondo.) 

Rafael. (Ella! Tan seductora!) 

Ya ve usted cómo callé 
su delito. 

Lucia. Cómo? 

Rafael. Usté 

me ha envenenado, señora! 

Lucia. Silencio!... Si le oyen... 

Rafael. Ah! 

¿Por qué, mujer homicida, 
querer quitarme una vida 
que yo no tenía ya? 
Si he de anhelar y querer, 
si he de mirarla y sufrir, 
vuélvame usted á dormir 
que yo no la quiero ver, 
que yo no la quiero hablar. 

Yo la amo á USted! (Con pasión.) 

Lucia. Todavía! 

Rafael. Sí, sí, la adoro, Lucía, 

y nunca la he de olvidar. 

Lucia. Es ley del mundo el olvido, 
apasionado señor. 

Rafael. No olvida quien siente amor, 

quien quiere cual yo he querido. 

Lucia. Otra verá más hermosa. 

Rafael. No la hay. 

Lucia. Aunque no lo fuere 

la querrá más que me quiere 
y la llamará su esposa. 

Rafael. Nunca! Aunque fuese más bella 
no paso por ese paso. 
No, señora, no me caso 
aunque me muera por ella. 
Pues muchas me digo: 
¿Si me saldrá un Rafael 
y entre mi señora y él 



- 75 - 

se divertirán conmigo? 
Lucia. Las hay honradas. 
Rafael. Aquí 

una encontré. 
Lucia. Cásese. 

Rafael. Mas si yo la quiero á usté! 
.Lucia. Pero hombre! 
Rafael. La adoro, sí! 

LUCIA. (Con mucha severidad.) 

¡A la mujer de un amigo 
enamorar con tal calma! 
¿Tiene usted conciencia y alma'í 
¿No es verdad lo que le digo? 
¡Insiste y me ofende ya! 
¡Con energía protesto! 
Si con amigos hace esto 
¿con los extraños qué hará? 
¡Qué hará usted, vamos á ver, 
con alguno aborrecido? 
¿Cuanto más quiere al marido 
más le gusta la mujer? 
Rafael. Tiene usted razón: yo el mal 
del bien no le distinguí 
y en poco tiempo perdí 
todo sentido moral. 
El jugar con fuego es tonto, 
que el quemarse es de rigor: 
quien juega con el honor 
pierde la vergüenza pronto. 
Yo tan joven la he perdido 
y ya tan lejos la veo, 
que algunos momentos creo 
que nunca la he conocido. 
El vicio nos enamora, 
y cuando él nos avasalla 
de caballero á canalla 
no hay más que un paso, señora' 
Mas yo no soy insensible 
á su voz que aquí me hiere. 
Dígame usted que me quiere 
y me voy. 
Lucia. Es imposible! 



— 76 — 

Vive usted en un error 
y'está usted muy atrasado. 
A usted no le han enseñado 
el a b c del honor. 
En punto á moralidad 
no pasó de la cartilla. 
Con una frase sencilla 
se falta. 

Rafael. Que atrocidad! 

Lucia. Cuando una mujer casada 
al que no es su compañero 
llega á decirle: te quiero, 
ya deja de ser honrada. 
Con una frase se cae, 
se peca con la intención, 
lo demás es ocasión 
y la lógica lo trae! 

Rafael. Yo no la puedo entender, 
señora, usted desvaría! 
Tan absoluta teoría 
no se puede sostener, 
y con ella, intransigente, 
inflexible, exagerada, 
ni hay una mujer honrada, 
ni se halla un hombre decente. 
¿D onde, vamos á parar? 
Si usted fuese Padre Eterno 
nos mandaba usté al inñerno 
sólo por estornudar! 

Lucia. Rafael, basta. Su partida 
hoy será. 

Rafael. No, no me iré. 

Lucia, óigame, que me oye usté 
la última vez de su vida. 
Su marcha el mundo prosigue 
enredando la madeja: 
corre uno tras quien se aleja 
y huye de aquel que nos sigue. 
Usted que en gigante vuelo 
pinta con tantos primores, 
canta con dulces colores 
ojos de color de cielo, 



¿en sus ratos sosegados 

no vio unos ojos azules 

de desvanecidos tules 

sobre su lecho inclinados? 

¿No le pareció que el dia 

visitaba su morada? 

¿No sorprendió en su mirada 

un rayo de simpatía? 

Ella es honrada, usted no. 

Perdone usted, caballero. 

Ella grave, usted ligero. 

Pues por eso le gustó. 

Así nace amor profundo. 

Dispense usted si hablo fuerte. 

Tienen siempre mucha suerte 

los pillos en este mundo. 

Esa rubia cabecita... 
Rafael. He comprendido: es su hermana. 
Lucia. Es ella la flor temprana 

y yo soy la flor marchita. 
Rafael. No nacieron en un año? 
Lucia. Ella en estufa vivió 

y á mí el corazón me heló 

el frió del desengaño! 

Será honrada cuanto es bella. 

¿Por qué usted no la prefiere? 
Rafael. Dígame usted que me quiere 

y yo me caso con ella. 
Lucia. No puedo. (Negra fortuna!) 
Rafael. Sólo una vez y he coucluido. 

De rodillas se lo pido! 
En cruz! Una vez! 

(Se pone de rodillas.) 

Lucia. Ni una'. 

ESCENA X. 



DICHOS, ENRIQUE, por el fondo. 

Lucia. ¡Por Dios, por Dios, mi marido! 
Enr. Tú, Rafael! 



— 78 



Enr. 
Lucia . 



Enr. 
Lucia 



Rafael. (Me pilló!) 

(Rafael se levanta. Lucía se ríe.) 

Y tú te ries? 

Pues no. 
Don Rafael, concedido. 
Cuando usted quiera, mañana, 
hoy mismo. 

¿Qué estás hablando? 
Pobre! Me pide llorando 
la mano de nuestra hermana. 

(Sorprendido y lleno de alegría.) 

La mano de Anita!... Él! 
Qué proyecto! Y pide y llora! 

(Bajo y asustado.) 

(Pero señora, señora! 

(Rápidamente.) Sálveme usted, Rafael!) 

Vengan los brazos! 

Pues no. 
Al fia parientes! Ven, ven! 
(Abraiándoie.) (Si tú te descuidas bueii 
parentesco te armo yo!) 
La chica es una belleza 
y va á vivir adoráudote» 
Ya veremos si casándote 
sientas cual yo la cabeza. 
¿Y tú no sabías? 

No. 
Y ella lo ignora aún. 

(Llamando.) Anita! 

¿Conque te Casas! (Loco de contento.) 

(¡Maldita 
la gana que tengo yo!) 
Ya cayó el fiero doncel. 
Todos, todos, está visto. 

RAFAEL. (Muy apurado.) 

(Pero señora, por Cristo! 
Lucia. (Suplicante.) Sálveme usted, Rafael!) 



Enr 



Rafael. 

Lucia. 

Enr. 

Rafael. 

Enr. 

Rafael. 

Enr. 



Lucia. 



Enr. 



Rafael. 



Enr. 



— 79 — 



ESCENA XI. 



DICHOS, ANA, por el fondo. 

Ana. ¿Qué pasa, qué ha sucedido, 
por qué alborotas la casa? 

Enr. Pues es flojo lo que pasa. 
Ven, abraza átu marido! 
¿Tú dices que no ó que sí? 

Ana. Quién es mi marido? 

Enr. Aquel. 

Lucia. Es Rafael. 

Ana. (Conmovida.) Rafael! 

(Bajo á Lucía ) 

(Gracias, hermana, por ti!) 
Rafael. (Si la chica es buen bocado.) 

ANA. Rafael! (Corriendo á él.) 

Rafael. (Confuso.) Ana querida... 

Ana. Yo acepto reconocida. 

Rafael. (Pues nada, que me han casado! 

Me han cogido entre los tres!) 
Ana. Pues mire usté, el de Londón, 

yo adiviné su pasión. 
Rafael. (Pues hija, adivinar es.) 
Lucia. Que adivinases no es raro. 

Se oculta mal un anhelo. 
Ana. Los ojos color de cielo? 
Lucia. Eran los tuyos, pues claro. 

Verdad? 
Rafael. Si se empeña usté. 

ANA. (Bajo á Lucía,) 

(Lo ves? Decía bien yo!) 

¿Más por qué se envenenó? 
Enr. Eso sí que no lo sé. 
Lucia. Pues... el despecho... 
Rafael. Es verdad. 

Lucia. Como al baile te marchaste 

y olvidado le dejaste... 
Rafael. (Jesús! qué barbaridad!) 

Dice bien, estaba loco 

y me daba á Relcebú, 



— 80 — 

Enr. Hombre! Chico! Por Dios!... Tú 
te envenenas por bien poco! 

Lucia. Él jura ser buen esposo; 
él lo jura; pues te adora. 

(Acercándose á Rafael.) 

Yo le quiero... 
Rafael. (Sorprendido.) Usted, señora! 

LUCIA. (Sonriendo.) 

Yo le quiero ver dichoso! 
ESCENA XII. 

DICHOS, ANTONIO, por el fondo. 



Ant. 


(Con un pliego.) 

Señor, un pliego han traido 
del Ministerio de Estado. 

(Entrega el pliego y sale.) 




Enr. 


Á qué buen tiempo ha llegado. 






(Coge el pliego, abre, lee para sí y dice 


á Lucía.) 




Chica, lo que hemos pedido! 




Lucia. 


Rafael, mi enhorabuena. 




Rafael. 


Por qué? Me dejan suspenso. 




Enr. 


Éste es tu ascenso. 




Rafael, 


, ( Sorprendido.) Mi ascenso! 




Ana. 


De gozo mi alma se llena! 




Enr. 


Ya ves lo que hago por tí. 




Lucia. 


Yo á Enrique se lo indiqué. 




Ana. 


Yo á mi vez le supliqué. 




Enr. 
Rafael. 


Y yo entonces lo pedí, 
y de recibir concluyo 
tu ascenso con este urgente 
(¡Dispone de mí esta gente 
como si yo fuera suyo! 
No me dejan que vacile!) 
Dónde? 




Enr. 


Muy lejos. 




Rafael. 


(Espantado.) Canario! 




Enr. 


Vas de enviado extraordinario 
á Chile. 




Rafael. 


(Estupefacto.) Dios mió!... Á Chile!! 




Lucia . 


El viaje es largo. 





— 84 - 

Ana. Es verdad; 

mas qué importa, si él me adora. 
Rafael. (Bajo á Lucía.) (Me manda á Chile, señora! 

¡Cuánta longanimidad!) 

(¡Coa el calor del estío! 

Más vale que me fusile! 

Me casa y me manda á Chile! 

Me manda á Chile, Dios mió!) 

(Bajo á Lucía.) (Como se llegue á saber 

que haciéndola á usté el amor 

se gana un empleo... Horror! 

Ya la ha caido que hacer!) 

ESCENA XIII. 

DICHOS, CANDELARIA. 

Candelaria con sus yerbas medicínale». 

Cand. Hé aquí las yerbas. Qué gusto 

tendrán. Yo las he cortado. 
Rafael. Mil gracias. Ya me han curado. 
Cand. ¿Le han curado? 
Rafael. (Con un susto.) 

Cand. Qué alegres todos! Qué pasa? 
Lucia. Una noticia muy buena. 

Dá á Anita la enhorabuena. 
Cand. Y por qué? 
Lucia. Porque se casa. 

Aquel su marido es. 
Cand. Quién! Cómo! Aquel caballero? 

(¡Yo me ahogo, yo me muero! 

Agua, agua, el treinta y tres!) 

(Cae en una silla.) 

Ana. Ya mi alegría es completa, 

y de placer desvarío. 
Cand. (El treinta y tres! Ay! Dios mío! 

¡No llegaré á la peseta!) 
Ana. Qué te pasa? 
Cand. Fué un instante. 

Ya estoy mejor. Quita, quita! 

(Ay! qué viudez tan maldita, 



pero qué recalcitrante!) 
Ana. Voy á avisar á mi abuela. 

¿Tú te alegras, verdad? Di? 
Cand. Mucho. (Lo mismo que si 

me arrancaran una muela!) 
Ana (Qué contento, qué placer!) 
Cand. (¡Maldita chica, maldita!) 
Ana. (á Lucía.) ¿Pongo un parte á la abuelita? 
Lucia. Haz lo que quieras, mujer. 
Ana. Pues lo pongo. 

(Separando de la mesa á Lucía.) 

Quita, aparta. 
Debe haber papel aquí. 

(Abre la cartera y busca papel para escribir.) 

Este no está en blanco. Sí, 
es uta carta. 

(Encuentra la de Rafael.) 

Lucia. (Espantada.) Una carta! 

Ana. Letra de Rafael. 
Lucia. Ah! 

Ana. Ya, para mí debe ser! 

LUCIA. (La quita rápidamente la carta ) 

Quita, no la puedes ver. 
Ana. Pero ¿por qué? Dámela. 
Rafael. (Buena la hicimos ahora!) 
Ana. Pero si es la letra de él. 

LUCIA. (Bajo y sin que lo vean.) 

(Eh! tome usted, Rafael! 
Por Dios.) 

RAFAEL. (Cogiendo la carta.) 

(Venga ya, señora.) 

ANA. (Corriendo á Rafael.) 

La tiene usted, sí señor, 
se la ha dado. 
Rafael. No es verdad 

(Á Candelaria dándola la carta.) 

(Tómela usted por piedad. 
Rómpala usted por favor!) 
Vé usted, si no tengo nada. (Á Ana.) 

ANA. (Corriendo á Candelaria.) 

Ya Candelaria la tiene. 
Lucia. ¿Pero ese empeño á qué vien«í 



85 



Cand. 

Ana. 

Cand. 



Enr. 
Cand. 

Ana. 

Enr. 
Rafael. 

Enr. 



Ana. 

Rafael. 

Lucia. 

Rafael. 



Lucia. 



Jesús! que rnal educada! 
La quiero leer, la leeré. 
Démela usted. 

Por supuesto. 

(Dando la carta á Enrique.) 

Hombre, por Dios, tome usté esto. ' 
Y qué es eso? 

Yo qué sé. 

(Enrique coge la carta.) 
TÚ la tienes. (Á Enrique.) 

Bueno, sí. 
(La casa se vino al suelo.) 

(Leyendo alto.) 

«Ojos de color de cielo, 
los escribí para tí.» 
Quita allá! Qué niñería. 
Son los versos que escribió. 

Toma. (Da la carta á Ana.) 
(Á Candelaria.) Toma. 
(Candelaria se la da á Rafael.) 

(No leyó!) 
(Me be salvado. Qué alegría!) 
(Lucía: la verdad toco. (Bajo.) 
Tómela usted: rómpala, 
perdone y olvide ya 
los desvarios de un loco. 
El honor, la rectitud 
me ha enseñado en solo un día: 
mil gracias, hermana mia, 
maravilla de virtud! 

(Bajo á Rafael.) Ni mi virtud tanto brilla, 
ni soy tan fuerte mujer, 
ni el cumplir con un deber 
será nunca maravilla; 
mas si el vicio nos rodea 
como mar alborotada, 
la que quiere ser honrada 

lo es CONTRA VIENTO V MAREA.) 

(Cae el telón.) 



F5N, 



NOTA IMPORTANTE. 



Esta obra ha llegado ante el público con importan- 
tes mutilaciones que la dirección artística del teatro de 
la Comedia creyó necesarias para que pudiera ser 
puesta en escena. Algunas de ellas hacen aparecer co- 
mo inútiles recursos que tenían su objeto. La carta que 
en el acto segundo escribe Enrique á la bailarina y 
que va á dar en manos de Rafael, de donde hoy no 
pasa, llegaba á poder de Lucía en el momento de ha- 
llarse encerrada con su perseguidor en la estancia de 
su marido, de suerte que en tan crítico instante te- 
nía Lucía, no una sospecha de la infidelidad de su es- 
poso, sino una prueba evidente. Como éste otros re- 
cursos han perdido parte de su fundamento con las 
modificaciones hechas. Si por respetos al público, co- 
mo se ha representado la imprimo, he creído conve- 
niente hacer estas indicaciones en defensa de cargos 
que justamente se me pueden hacer. 

Aun así, la obra quizás no hubiera sido representa- 
' da sin la intervención de los Sres. D. Luis Fernandez 
Guerra y D. Florencio Romea; los cuales, en nuestra 
ayuda llamados por el señor Mario con la buena fe y 
la lealtad que le distinguen, en unión de mi hermano 
D. José, y en concepto de amistoso jurado, decidie- 
ron contra la opinión de la Empresa. 

El público les ha dado la razón, y el autor se apre- 
sura á dedicarles aquí un cariñoso recuerdo en testi- 
monio de su agradecimiento. 



TÍTULOS. 



Actos. 



Frop. quo 



AUTORES. 



ZARZUELAS. 



suelo... de tontos 4 D. S. María Granas. ... L.yM. 

tra ira paciencia. i Federico de Oiona. . L. 

as y celos _ i C. Navarro L. 

alto del gallego 1 Sres. Granes, Navarro y 

Nieto L.yM. 

damas de la Camelia. . ; 1 D. G. Moran. * L. 

ferias.. , i Sres. Barranco, Ossorió, 

Chueca y Valverde L. y M. 

¡ dos cazadores .*. . i D. G Cereceda M. 

duelos con pan son menos i Sres. Povedano, Granes, 

y Prieto. L.yM. 

aera, siete 3.°. i Sres. Navarro y Cuartero L. 

diávolo 3 Moran y Aliú L.yM 

lama blanca.. 3 MoranyAllú L.yM. 



PUNTOS DE VENTA. 



MADRID. 



En las librerías de los Sres. Viuda é Hijos de Cuesta, calle 
de Carretas, núm. 9; de D. Fernando Fé, Carrera de San 
Jerónimo, núm. 2, y de D. M. Murillo, calle de Alcalá, nú- 
meros 18 y 20. 

PROVINCIAS Y ULTRAMAR. 

En casa de los corresponsales de está Galería. 

PORTUGAL. 

Agencia de D. Miguel Mora, Rúa do Arsenal, núm. 94. — 
Lisboa. 

Pueden también hacerse los pedidos de ejemplares directa- 
mente á los EDITORES, acompañando su importe en sellos 
de franqueo ó libranzas, sin cuyo requisito no serán servidos.